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martes, 9 de noviembre de 2010

Pasados por agua: ¡Bienvenidos a Costa Rica! (Parte 5)

Parte 5: Chuavechito

CR06_00372 ¿Me creerían si les digo que en Costa Rica hay un río teñido de suavizante para ropa? Se trata del río Celeste que  presenta esta coloración de fantasía por los minerales que arrastra. De verdad, cuando uno lo ve, parece que se hubiera volcado un frasco gigante de Vívere.

Uno de nuestros objetivos cuando decidimos venir a Costa Rica, y más precisamente a La Fortuna, era conocer este río de ensueño. Claro que el refrán dice que “él quiere celeste, que le cueste”. Estoy convencida de que ese dicho ha nacido aquí. El tour hasta este lugar tan especial cuesta nada más ni nada menos que la módica suma de USD 90, cada uno!!! Yo no sé si acá las emanaciones del volcán les habrán afectado las neuronas a esta gente o si es solo una avivada pero por muy único y mágico que sea, la excursión no puede valer 90 dólares. Son solo 120km.

CR06_00402Después de averiguar y de pensarlo mucho por el impacto que tendría en nuestro presupuesto, decidimos alquilar un auto. Resultó ser un batatón. Un Nissan Sentra súper baqueteado (joya, nunca taxi), digno de un dominguero para salir a pisar huevos por ahí. Pero no importa, por USD 43 y kilometraje ilimitado no nos podemos quejar. Además, fue el regreso a la conducción de JP, algo que ansiaba desde hacía tiempo y que lo hace muy feliz, aunque no las carreteras secundarias costarricenses que son empinadas, sinuosas y muy pero muy angostas. Para colmo, los puentes, solo tienen un carril. Así y todo, ahí íbamos nosotros, disfrutando del paisaje y la radio local. Preguntando, preguntando, finalmente encontramos el lugar donde debíamos desviarnos. El camino era de piedra (no ripio) y por momentos parecía que íbamos a tener que dejar el auto y seguir a pie. Pero la pericia y la paciencia de JP (con una sonrisa de oreja a oreja) lograron que el batatón nos llevara por donde parecía imposible que pudiera pasar.

CR06_00406Finalmente, llegamos a la entrada de la reserva. pagamos nuestra entrada y empezamos a caminar. Fue como una hora hacia arriba por una senda resbalosa, barrosa y súper angosta. Había que andar con muchísimo cuidado porque si te caías, ibas a parar al vacío. Después del esfuerzo, llegó la recompensa. El río en todo su esplendor y un sol radiante. Para gratificarnos, nos metimos en los piletones de aguas termales. Supuestamente son naturales pero venían chorros de agua caliente y agua fría por lo que la remojada no fue tan grata como hubiéramos querido. Siguiendo río arriba, el agua se torna cada vez más azul hasta llegar a una laguna de azul intenso (la fábrica del Vívere). Invita a zambullirse de una pero unos cuantos carteles, aduciendo efectos dañinos sobre la salud, nos desalientan. Siguiendo todavía más allá supuestamente se llega a los teñideros pero la senda está cerrada así que no nos queda otra que emprender el regreso pero no sin antes hacer una parada en una de las cascada más bellas que vi en toda mi vida. Acá tampoco está permitido bañarse (esta vez bajo pretexto de unas fuertes corrientes). Es una caída de alrededor de 30 metros que forma una pileta turquesa increíble. Acá el valle es tan profundo y angosto que no se oye nada más que el rumor de la cascada.

Nos vamos con la convicción de haber visto uno de los lugares más bellos y únicos de este país. De yapa, el cielo nos regala un atardecer en hermosos tonos pasteles. Hoy todavía no llovió pero seguro que el aguacero no tardará en llegar. Será nuestro último diluvio en suelo costarricense ya que mañana nos vamos a Nicaragua.

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Saludos a todos desde el camino,

Marie
Ciudad Quesada, Costa Rica
24 de julio de 2010

PD: Este es uno de los artículos que más nos costó escribir, ¿será que entre la lluvia torrencial diaria y los precios dolarizados y exorbitantes no nos gustó mucho el país?

lunes, 8 de noviembre de 2010

Pasados por agua: ¡Bienvenidos a Costa Rica! (Parte 4)

Parte 4: Los volcanes

Durante nuestra estadía en el centro del país, la lluvia siguió arreciando todos los días haciéndonos sentir miserables cuando regresábamos empapados hasta la ropa interior. Además de sus famosas playas y monos, Costa Rica también es conocido por sus volcanes. La mayoría de ellos se concentra en el centro del país y quisimos aprovechar para subir al cráter de uno activo.

El volcán Poás es el más cercano a Alajuela y hay una ruta que llega hasta el mismísimo cráter. Lo que no hay es mucho transporte público que digamos (para variar). Solo hay un autobús que sale a eso de las 10am y regresa a las 2pm lo que no te da mucho tiempo para disfrutar del volcán y sus alrededores. Por eso, seguimos el consejo de nuestra amiga española Nuria y nos fuimos bien temprano para aprovechar el día.

CR03_00183 Arrancamos a las 6am y nos tomamos 2 colectivos. Luego, era cuestión de esperar a que pasara otro autobús de horario incierto, tomar un taxi exorbitantemente caro, hacer dedo o caminar hacia arriba unos 12 km hasta la entrada al parque. Las únicas opciones realistas eran las últimas dos así que nos pusimos a caminar. No habíamos hecho 100 metros creo cuando empezó a chispear. En eso, de la nada, apareció el autobús. Le preguntamos si nos llevaba al parque y nos dijo que sí pero resultó que en realidad terminaba el recorrido como a 7km de la entrada!!! Resignados y abatidos emocionalmente nos enfrentamos nuevamente a la caminata bajo la lluvia. En menos de 5 minutos ya llovía torrencialmente y en 15 estábamos hechos sopa. Por suerte, Jennifer, una estadounidense con un grupo de estudiantes, se apiadó de nosotros y nos llevó hasta el mismísimo parque. Decidimos esperar tomando un cafecito (lo único que podíamos pagar) en el centro de visitantes hasta que parara la lluvia. Una hora, dos horas. ¡Puta! ¿Dejará de llover en algún momento? ¿Para esto hicimos el sacrificio de despertarnos a las 5 de la mañana?

Cuando parecía que ya terminaba de llover decidimos hacer un intento hasta el cráter para matar el aburrimiento y ver si entrábamos en calor porque, después de tanta espera y mojadura, ningún café del mundo ni la ropa de invierno que llevábamos podía lograr mantenernos abrigados. En vano. A 200 metros del punto de partida comenzó a llover otra vez y esta vez el agua venía acompañada de ráfagas de viento helado. No importa, sigamos adelante. ¡Por fin, ahí está el cráter! ¿Dónde? Según este cartel debería estar ahí. Pues yo no lo veo, está todo nublado, no se ve nada!!!

CR03_00208Con nuestro ánimo por el décimo subsuelo, regresamos al centro de visitantes bajo la lluvia y el viento incesantes. Jennifer nos ve y nos avisa que ya se va porque no se puede ver nada y nos ofrece llevarnos de vuelta al pueblo. ¿Qué hacemos? Le agradecemos la oferta pero nos quedamos con la esperanza de que el viento cambie de dirección pronto y se lleve las nubes lejos. Pasa otra hora y nos aventuramos por segunda vez. Llegamos nuevamente hasta donde debería estar el cráter pero solo encontramos una pared blanca y un viento huracanado que cala hasta los huesos. ¡Pero será de Dios! Tomamos el sendero que atraviesa la selva hasta llegar a la laguna de un cráter extinto y el paisaje vuelve a repetirse. Nubes, nubes y más nubes que lo cubren todo.

Ya resueltos a regresar después de 4 horas de sufrimiento, volvemos a pasar una última vez por el mirador. Blanco, blanco, gris, marrón, rojo. ¡El viento está cambiando y se está llevando las nubes! De a poco, como si se tratara de jugar a las escondidas, el cráter comienza a dejarse ver. Es enorme y está con bastante actividad. Descubrimos que las nubes no son solo nubes, también son gases provenientes de las fumarolas del volcán. Bueno, todo muy lindo pero no valió la pena el sufrimiento ni la espera. Al cabo, que si hubiéramos tomado el autobús de las 10, hubiéramos dormido más, sufrido menos y llegado justo a tiempo para ver el cráter.

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CR05_00303Nuestra siguiente parada fue el pueblo de La Fortuna, a los pies del volcán Arenal. A diferencia del Poás, este se caracteriza por su forma cónica y sus erupciones. ¡Sí! Por las noches, puede verse la lava que emana del cráter. Estamos ansiosos por comprobarlo con nuestros propios ojos.

El pueblo afortunadamente (¡cuak!) es mucho más bonito que el resto de las ciudades donde estuvimos, y nuestro hogar temporal, en casa de Iván, un pequeño paraíso con vista privilegiada al volcán. De a ratos, se lo escucha rugir e inmediatamente se ve la nube que sale de la cima.

 

CR05_00349 Como ocurre con casi todos los parques en Costa Rica, llegar hasta ellos en transporte público es prácticamente imposible. El único servicio nos deja a 7km. Nos mandamos igual con la esperanza de encontrar a alguien que nos acerque el último trecho. Por suerte, solo anduvimos 15 minutos hasta que una pareja de franceses (Michel y señora) se ofrecen a darnos el aventón. En menos de 20 minutos llegamos hasta la colada de la última gran erupción del volcán y lo escuchamos rugir un par de veces. Hasta vemos cómo ruedan cuesta abajo algunas de las rocas que expulsó durante la mini-erupción. ¿Y la lava? Ni noticias, al menos, por ahora. Dos horas más tarde ya habíamos recorrido todo lo que hay por recorrer en el parque en compañía de una pareja de brasileros. Los chicos se ofrecen a llevarnos de vuelta al pueblo. Menos mal. No bien subimos al auto comienza la lluvia torrencial de todos los días. Buscamos refugio en un bar y esperamos a que pase compartiendo anécdotas y unas cervezas. La tormenta es tal que el volcán desparece detrás de las nubes.

La noche siguiente decidimos montar guardia frente al volcán para ver la famosa lava de las fotos. No fuimos muy originales. Alrededor de otras 100 personas esperan ansiosas lo mismo. De repente, pin pun pan, se ven unos destellos en la cumbre y algunas piedritas incandescentes que descienden rodando por la ladera de la montaña. ¿Y la lava? No hubo lava esta vez. Cada vez está más fresco y el volcán no da señales de actividad alguna. Decepcionados, nos vamos a buscar un lugar donde pasar la noche. ¡Eso es todo amigos!

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Esta historia continuará…

Saludos a todos desde el camino,

Marie
Ciudad Quesada, Costa Rica
24 de julio de 2010

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Éxodo aéreo: abandonando una isla bananera

PA06_00363 Enclavado en el remoto noreste panameño, cercano a la frontera costarricense y rodeado de verdes junglas, mares paradisíacos y cultura afro-reggae se encuentra un archipiélago mágico, en el cual se pueden experimentar olas de clase mundial, coloridas barreras de coral, hermosas playas y bueno, muchas bananas.

Bocas del Toro sí es un verdadero edén y, como tal, está bien aislado de la “civilización” . Nuestros días allí a puro sol y pececitos tropicales lo atestiguan pero, ojo al piojo, también puede convertirse en una trampa mortal y, con un rápido giro del destino, nuestra isla de ensueño se transforma en un Alcatraz caribeño. ¿Y quién es el culpable de esta trágica situación? Las bananas, ¡claro! Tan ricas pero tan célebremente ilustres como elemento de dominación en toda la región.

Allí estábamos, empapando nuestros sentidos de la magia caribeña en la otrora base de operaciones de la United Fruit Company, cuando escuchamos en un vetusto televisor que había algún problemilla con una ley pasada por el gobierno (situación bastante común en Latinoamérica) y que la cosa se estaba poniendo espesa.

PA06_00398 Los detalles son nimios pero lo importante es que la población local, empobrecidos trabajadores bananeros que casi nada tienen que perder en el tira y afloje, estaba muy molesta y lo demostró en un principio estableciendo sucesivas barricadas sobre la ruta hacia Costa Rica (la misma que pensábamos tomar). Hasta aquí, todo normal y esperable, hasta diríamos saludable para el desarrollo de la región. Todos sabemos que no hay Latinoamérica viable ni auténtica sin este tipo de habituales escaramuzas.

Pero, claro, nuestro entrenamiento en “crisis management” no contemplaba que por estas latitudes los conflictos de este tipo suelen encararse de una manera un poco más violenta que lo habitual en tierras australes. Así, con nuestras “orejeras” sureñas y alentados por los comentarios optimistas de los isleños, decidimos esperar un día más con la esperanza de una pronta resolución. Sin embargo, el alba del día siguiente nos despertó con la noticia de que no sólo la carretera a la frontera con Costa Rica estaba cortada, sino que ahora también estaban bloqueados el camino de regreso a la costa pacífica y al otro cruce fronterizo.

PA06_00391 Ya sin escapatoria posible de la isla, comenzamos a especular con una efectiva intervención presidencial. Nuestros augurios se vieron desahuciados por las batallas campales que estaban tomando forma en tierra firme, a escasos kilómetros de nuestro reducto isleño. Por un lado, las balas (no de goma sino de verdad) y por el otro, hordas imbuidas de machetes y palos. El saldo: 5 muertos, 300 heridos y unos 4 policías tomados de rehén, un conflicto a punto de proyectarse nacionalmente y una ciudad y su aeropuerto completamente tomados.

Y ahora, ¿quién podrá ayudarnos? Mejor dicho, ¿cómo salimos de acá? Nos encontrábamos en el centro del huracán, el aire a nuestro alrededor todo enrarecido pero a la vez la calma era pavorosa. La incertidumbre de qué hacer crecía cada vez más mientras los días pasaban inexorablemente. En la isla, la provisión de productos comenzaba a escasear. Esto, sumado a la amenaza latente de que el próximo bastión sería la isla, empujaba a los pocos extranjeros que quedaban a subirse a endebles cayucos, cual balseros cubanos, para cruzar de ilegales a territorio costarricense, unos 60 km de improvisada travesía en mar abierto.

PA07_00451 Con la noticia de que el presidente panameño iría a ver la final de la copa del mundo en vez de atender el problema, nos terminamos de convencer de que lo mejor sería eyectarse de la isla lo más rápido posible. Por suerte, teníamos un pequeñito aeropuerto a mano, así que decidimos ir a por él. Entre aviones que descargaban tropas armadas hasta los dientes, descubrimos que el escape a la felicidad (la ciudad más cercana fuera de la zona de conflicto) nos costaba 60 dólares en una avioneta muy simpática a la que apodamos “la chancha” por motivos que sabrán dilucidar.

Cerramos los ojos, hicimos de tripa corazón y canjeamos los billetitos por un cartón de embarque que sería nuestro pasaporte y escape final. A pesar de todo, especialmente nuestras dudas, la pequeña aeronave (no más de 40 asientos) sí se elevó con esfuerzo por sobre la realidad mundana, remontándonos hacia el cielo y dándonos la tranquilidad que estábamos anhelando. En sólo media hora habíamos pasado del Atlántico al Pacífico, y de allí, ¡directo a Costa Rica!

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jueves, 19 de agosto de 2010

Haciéndose a la mar

PA01-00003 Si bien embarcamos en el Güinfly a las 4 de la tarde, esperamos a que se haga de noche para cenar y que pase la tormenta. Finalmente dejamos Cartagena a eso de las 10pm bajo el atento comando de Bruno, nuestro capitán, y disfrutamos del espectáculo que ofrece la ciudad amurallada de noche. Me acuerdo de Buenos Aires y de cómo se ve desde el río de noche cuando uno va a Uruguay.

Bruno e Ingrid están muy atentos a la sonda de profundidad. Bruno me cuenta que aquí los españoles construyeron muros debajo del agua, de manera de estrechar el pasaje y dificultar el ingreso a todos aquellos inexpertos que quisieran tomar por asalto la ciudadela y así salvaguardar las joyas de la corona.

PA01-00005 Nuestro velero avanza lento pero seguro entre las boyas del canal. De a poco, nos vamos internando en la espesura de la noche. La navegación nocturna resulta intimidante. Frente a nosotros, la oscuridad es total. Atrás quedan las luces de Cartagena, que se va haciendo cada vez más pequeña, hasta que estamos solos con nuestra alma en el medio del mar, grande, inconmensurable. Hay algo de pequeñez, de humildad. Nos sentimos chiquitos, indefensos pero, a la vez, libres y serenos. Dejamos atrás Sudamérica y vamos a Centroamérica y, paradójicamente, vamos para el suroeste. El GPS no engaña.

Saliendo del canal nos encontramos con un par de cargueros. Según me comenta Bruno, están aguardando a que se haga de día para ingresar al puerto. Mientras, se fondean para no moverse, con las luces de maniobra restringida y las luces de navegación prendidas al mismo tiempo. ¡Qué confuso! Este es el verdadero miedo de los navegantes: que un carguero te pase por encima. Por suerte, siempre queda alguien de guardia (Bruno o Ingrid). Me siento seguro.

La noche está calma, sin viento (lo que popularmente se conoce como “calma chicha”). Avanzamos a motor y es el único ruido que se escucha. Por suerte, el mar nos regala una noche serena y todos se van a dormir, tranquilos. Yo, en cambio, estoy tan emocionado como un chico con juguete nuevo y no quiero ir a la cama que, por cierto, es demasiado chiquitita. Aprovecho para hablar largo y tendido con Bruno que me cuenta su historia y contesta cada una de mis inquietudes y curiosidades. Cuánta información junta, pero ¡qué interesante! Bruno es un capitán muy experimentado, solito con su perro cruzó el Atlántico en 10 días en un velero de 25 pies (7,5 metros). Al igual que Juan Sebastián Elcano, él e Ingrid piensan dar la vuelta al mundo pero, como el Pacífico es muy grande y muy caro, tienen que ir bien preparados. Por eso, están haciendo los cruces entre Colombia y Panamá, para juntar plata.

El velero tiene algo mágico, navegar con las fuerzas de la naturaleza, sin escuchar sonido alguno más que el casco abriéndose camino entre las olas. Y además no se necesita de caminos ni de civilización, se puede llegar a cualquier costa remota. ¡Quiero aprender a navegar! Al final, me termino durmiendo en la bañera del velero. A la madrugada se levanta un poco de viento y apagamos el motor. Sólo se escucha el golpear de las olas, el velero que avanza gracioso y la inmensidad de la noche. Por dos días no veremos tierra.

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martes, 10 de agosto de 2010

Mucho más que una frontera, un tapón.

Después de tomarnos muchos, muchísimos buses, trenes y cuanto medio de transporte hubiera a nuestro alcance, llegamos al fin bien al norte, a Cartagena de Indias, y aquí se nos acaba Sudamérica. ¿Y ahora? Y ahora se viene Centroamérica, pero primero, ¡hay que ver cómo llegar!

Si les gustan los mapas como a mí, y han pasado horas observando lo angosta que es la región continental de América Central, se habrán dado cuenta que sólo una pequeña porción está en contacto con Colombia. Pocos lugares en el mundo despiertan la imaginación de aventureros y viajeros como esta remota y selvática zona lo hace desde hace siglos, es el Darién.

Sin embargo, aquí algunas cosas siguen siendo como antes que Colón descubriera América. No hay un sólo rastro de civilización, y por unos cuantos motivos esta zona está completamente aislada, aquí se acaban todos los caminos. Por ahora, muchas guías dicen que bueno, mejor evitar la la zona.

Para empezar, las selvas del Darién son espesas, muy espesas, aún más que el Amazonas. Su accidentada, montañosa y particular geografía hace que los vientos del Pacífico descarguen constantemente sus aguas durante la mayor parte del año, convirtiendo cualquier senda en un lindo lodazal. Además, la selva es hogar de unos cuantos ofidios, especialmente la ponzoñosa víbora terciopelo. Si se pierde aquí, no espere que nadie lo vaya a buscar…

Por otra parte, y como les veníamos contando antes, Colombia produce más del 80% de la cocaína que se consume en los Estados Unidos, la cual evidentemente pasa por algún lugar. ¿Qué  mejor que la espesura del Darién para esconder semejante cantidad de narcóticos? Los pocos senderos existentes son usados activamente por narcotraficantes y, mejor ¡no cruzarse con ellos!

También el Darién es una ruta activa para los inmigrantes ilegales que intentan llegar como sea a Estados Unidos o bien escapan de Cuba hacia Sudamérica. Los que más dinero tienen vuelan directo a Guatemala y de allí empiezan su periplo, pero como Guatemala ahora también le pide visa a los colombianos…

Para no ser menos, el Darién también es hogar de varios grupos armados colombianos. Aquí las FARC encuentran refugio seguro y, dado que cada vez están más y más acorralados, no tienen más remedio que refugiarse en estas selvas. Obviamente los paramilitares, también los persiguen y terminan todos en el mismo lugar.

Por último, el Darién también está atestado de lisa y llanamente bandidos y, bandoleros que, sin ocupación fija trabajan aprovechándose de la falta de ley, intentando aprovecharse de cuanto desprevenido puedan encontrar.

Por si faltara algo a la frutilla del postre, el Darién es una zona endémica de dengue y malaria resistente a la cloroquina.

Alguien quiere intentar pasar caminando? Yo no :-)

El gobierno de Panamá, una antigua provincia colombiana que obtuvo su independencia como consecuencia directa de la intervención norteamericana al construir el canal prefiere no realizar ningún tipo de modificación en esta provincia. Hoy, la Carretera Panamericana termina en un pueblito llamado Yavizá, y sólo reaparece 90 km más adelante en el Chocó colombiano. De pueblo a pueblo, es literalmente tierra de nadie. En tiempos mejores, esforzados caminantes y aventureros han cruzado a pie. En las últimas décadas cruzar por acá es directamente suicida.

En vistas de esto creo que dejaremos las selvas del tapón de Darién para que las disfruten los monos y nos dedicaremos a buscar un barco para cruzar a Panamá, hay algunos capitanes que se dedican a cruzar gente en sus veleros directo a San Blas. También es posible cruzar en avión claro, pero Copa se rehúsa a venderle un solo tramo desde Colombia, no sea cosa que se quiera a quedar a vivir en Panamá.

Ah, y hay que tener cuidado con qué barco se va a cruzar, porque muchos se dedican a cruzar “mercancías” de contrabando.

jueves, 5 de agosto de 2010

Llegando a Playa Blanca

CO12_00821 Parece que los encantos de la romántica Cartagena de Indias no se encuentran sólo en la ciudad, la cual de por sí amerita a pasar aquí unos cuantos días, sino también en unas hermosas playas sobre el Mar Caribe. Charlando con Jairo, nuestro amigo del Marlin, decidimos emprender la aventura hacia la playa más famosa y bonita de aquí, según dicen, Playa Blanca. Lejos estábamos de imaginarnos que llegar allí sería una travesía con todas las de la ley.

Esta playa fue durante mucho tiempo un lugar de bajo perfil a unos 40km de aquí, hasta que la cadena de hoteles Decameron decidió montar un complejo exclusivo en una de las bahías. No obstante, el resto sigue siendo un lugar adorable y todavía un poco desconocido.

CO12_00815 Resulta que existen básicamente dos formas de acceder a la bonita playa. La más fácil es en ferry desde Cartagena, que sale diariamente por la mañana y luego lo pasa a recoger a uno por la tarde. La difícil (también más aventurera) es tomarse un bus local, llegar hasta cierto lugar en donde se acaba el continente, esperar la balsa, cruzar a la isla, y luego de alguna manera hacer 10 km de caminos de tierra hasta allí. ¿Adivinen cuál elegimos? La segunda, por supuesto. Después de todo, nos aseguraron que no era tan complicado. Y además, pasaríamos la noche en una hamaca en la playa.

Salimos temprano por la mañana para que el calor no nos achicharre y caminamos hacia la parada que sólo encontramos después de preguntar unas cinco veces. Tenemos que tomarnos el bus que dice “Pasacaballos” pero todos circulan tan rápido que leer los carteles a la pasada es toda una odisea. Después de parar unos cuantos que no iban a nuestro destino, aparece el bus que debíamos tomar. Todo destartalado pero, por suerte, casi vacío. El viaje es literalmente un city tour que nos recuerda que Cartagena no es sólo la bellísima parte céntrica que todo turista convencional conoce, sino también un mar de suburbios de reputaciones mixtas. Como es de rigor, paramos a juntar pasajeros en un mercadillo callejero en el que el olor a pescado es bien característico y ya sí, con los asientos ocupados y el chofer más contento, vamos a Pasacaballos. En medio del camino tenemos el agrado de escuchar las ofertas de uno de los vendedores ambulantes más singulares con el que nos hemos topado. Vende un polvo mágico que elimina parásitos y otros “bichos” del intestino, además de mejorar el funcionamiento de los riñones (sic) por la módica suma de 4000 pesos (alrededor de 2 dólares). Aunque no lo crean el señor concreta varias ventas entre el pasaje.

CO12_00817 Nos vamos internando ahora por una carretera regional entre refinerías y terminales portuarias. Huelga decir que el comercio internacional aquí es la otra principal fuente de ingresos (la primera es el turismo). Finalmente, después de un largo y caliente viaje, llegamos al olvidado caserío de Pasacaballos. El bus nos deja en una esquina de la plaza y realmente no sabemos para dónde rumbear. Las calles son medio de tierra, medio de escombros y la gente no resulta de mucha ayuda. Un par de conductores de motos tratan de convencernos de llevarnos hasta la balsa por precios ridículamente altos, pero los rechazamos muy gentilmente. Sabemos que la balsa no se encuentra a más de unas pocas cuadras. Vamos caminando, tratando de no llamar mucho la atención aunque, creo, sin el más mínimo éxito; podemos sentir las miradas posarse sobre nuestras espaldas. Al llegar, encontramos unas maestras que están aguardando la balsa, la cual sólo volverá cuando algún vehículo la requiera. Me pongo de mal humor, la espera se hace larga, hace calor y mi radar está en alerta naranja constante. Maldigo el momento que decidimos venir por esta vía, cuánto más fácil hubiera sido tomar el ferry. Pero no, aún así no quiero ser un turista convencional al que lo llevan de aquí para allá.

El dichoso vehículo que estábamos esperando llega y nos subimos todos a la balsa para el cortísimo trayecto. Nadie viene a cobrarnos. Del otro lado, sólo hay barro, mucho barro y unas cuantas casuchas. Allí, resulta que la única forma disponible para realizar el trayecto que nos falta son unos señores que cubren el tramo en moto. ¿En moto? ¿Y yo dónde me siento? Atrás del conductor. ¿Y mi casco? En el mejor de los casos, solo hay uno y lo usa el motoquero. Pero somos dos. ¿Podemos subir los dos en una moto? Nooo, tienen que ir separados, cada uno en una motito… Viajando por Sudamérica experimentamos de primera mano los más variados medios de transporte: buses cómodos, intermedios, decididamente malos, con gallinas, sin techo, camionetas destartaladas, motociclos, pero ¿viajar en moto? Viendo que no tenemos mucha alternativa y ya hace bastante que iniciamos la travesía, intentamos regatear el precio un poco agresivamente. Nos quieren cobrar más con la excusa de que el camino está malo, hay barro y poco menos que también hay luna llena a la noche. El precio inicial para el trayecto es 12.000 (6 dólares) cada uno y después de una larga negociación baja sólo a 5.

La verdad, la situación no nos inspira ninguna confianza, pero bueno, que dios nos ampare… La gente de aquí también se mueve así. Salimos y la huella es un lodazal con todas las de la ley. La moto va patinando y trato de agarrarme de donde puedo y ruego que el hombre vaya lo más lento posible. El viaje es una tortura, pasando por charcos y ya con las manos ateridas de hacer fuerza. Para colmo de males, en una curva pasa de frente una camioneta a una velocidad no prudente y nos salpica de barro de pies a cabeza. Mientras tanto y en medio del viaje el conductor intenta volver a subir el precio que ya habíamos arreglado, a lo que por supuesto me hago el completo desentendido, sólo espero llegar, y rápido. Pero no, es mucho, muchísimo más lejos que lo que nos dijeron en todos lados. Y para colmo, mi moto se queda sin nafta a la mitad. Por suerte, estamos en un caserío y enseguida alguien le alcanza una botella de gaseosa con la bendita gasolina dentro. Entre tanto, no puedo saber qué ocurre con la otra moto, que iba más adelante. Al final, el viaje demora 1 hora exacta, son casi 23 kilómetros y, contra todo pronóstico, llegamos sanos y salvos. Ahí vuelven a intentar convencernos por todos los medios habidos y por haber de cobrarnos más, pero ¡minga! Ya me tienen re podrido con esta cuestión.

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La playa es bonita aunque, personalmente, las de Tayrona son muchísimo mejores, digamos distintas, prístinas. Playa Blanca está en una bahía abierta, aunque resguardada por un arrecife, con arena bien blanca (obvio, ¿no?), y muchos puestitos por todos lados. De acuerdo al plan, nos quedamos a pasar la noche en unas hamacas. Esto nos permite tener toda la playa para nosotros tanto al atardecer como al amanecer que es cuando realmente se disfruta, cuando no hay turistas y, por ende, tampoco vendedores (ya les contaré en el post siguiente…). Cerca de la Playa misma hay unas rocas con corales por lo que el snorkel es bien interesante, se ven peces como los de las peceras, de todos colores y además tiene la ventaja asociada que es más difícil que a uno lo distingan los vendedores, salvo el que viene con la moto de agua hasta donde estás para ofrecerte un cuartito de hora.

Al día siguiente y decidiendo no repetir la travesía del día anterior, nos tomamos el ferry para volver. Es grande y tosco como un cachalote, pero cómodo y relativamente rápido, aunque también pienso que si lo hubiéramos tomado a la ida ahora no tendríamos nada que contar. Alguien se acerca y me pregunta algo. ¡Usted es argentino! le digo. Sí, de Castelar… Hace tanto que no escuchaba ese acento que hasta se me antoja extremadamente pegajoso y cantado, pero suena tan lindo y familiar…

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miércoles, 4 de agosto de 2010

Una de piratas

CO12-00645 Si de chicos les gustaban las historias de piratas y corsarios, entonces Cartagena de Indias es la ciudad ideal para pasar unos días caminando entre sus angostas callecitas y disfrutando de las coloridas fachadas. Sinceramente, ayer y tras el largo periplo desde Santa Marta, llegando aquí bien entrada la noche, no nos llevamos una buena impresión. Pero a veces las primeras impresiones engañan y vamos a constatarlo.

Como decía en el post de ayer, Cartagena fue uno de los puertos principales por los que salía el oro y la plata que los conquistadores españoles obtenían del Perú y lo que hoy es Bolivia. Aquí se almacenaban hasta que llegaba la hora de cargarlos en goletas que partían rumbo a Portobello en Panamá, después a Cuba y finalmente a España. Así, desde entrado el siglo XVI, los piratas se afanaban por tomar la ciudad por sorpresa y hacerse con todas las riquezas que atesoraba. Literalmente, era “el sueño del pibe” de todo bandido que se precie. Por eso, y tras varios ataques que dejaron la ciudad incendiada y destruida, el mayor de ellos a cargo de Sir Francis Drake, la corona fue fortificando y construyendo murallas que la rodearan por completo y que hoy le dan ese aire tan especial (actualmente, la zona amurallada constituye solo una pequeña parte de la ciudad conocida como casco antiguo). Vamos caminando por las callejuelas y aquí hace calor, mucho calor, todos los días, todo el día arriba de 35°.

CO12-00723 También la atmósfera tiene algo de especial, de colorido, de ritmo africano. Cartagena fue un centro fenomenal de importación de esclavos negros para trabajar en las minas, las plantaciones y en cualquier otra actividad que los españoles no quisieran realizar. En la plaza de la aduana se vendían al mejor postor y, de ahí, solo les esperaba una vida de trabajos forzados. Como todo el Caribe, la ciudad  tiene una gran población de origen africano que le dan un toque especial muy pero muy distinto al resto de Colombia.

El Castillo de San Felipe, apenas por fuera de la muralla, es una delicia para recorrer. Enclavado en una loma y oteando todo el horizonte por sobre la ciudad, aquí funcionaba el centro de comando de toda la defensa. Las paredes son gruesas, de piedra maciza, y por debajo está lleno de pasadizos que conducen quién sabe hacia donde. Incluso en uno comenzamos a bajar y nunca encontramos la salida, teniendo que volver sobre nuestros pasos. Desde aquí se podía cañonear hacia toda la ciudad, incluso a otras fortificaciones en caso de que fueran tomadas por los enemigos. Como medida extrema, las bases del fuerte estaban rodeadas de hondonadas que se podían llenar de pólvora si era necesario volar el fuerte. Al menos, aquí adentro no llega el sol y hace un poquito menos de calor!!

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La inquisición también estuvo por estas latitudes y hubo caza de brujas. Al igual que en Perú, las historias son tétricas y da la impresión de que podían terminar torturando a quien quisieran básicamente por cualquier cosa. Incluso tenían una balanza para pesar brujas y, si resultaba que la relación entre la altura y el peso era baja, entonces era cantado: la mujer era una bruja y podía volar gracias a que era lo suficientemente liviana (sic). Y de ahí a la hoguera sin escalas. Menos mal que Marie no vivió en aquella época sino hubiera terminado un tanto chamuscada.

CO12-00657 Parte de la llamativa belleza de la ciudad está dada también por la disparidad extrema en el estilo de vida de sus habitantes. El centro amurallado está compuesto por tres barrios: Centro, San Diego y Getsemaní. Los primeros dos están completamente llenos de restaurantes y lugares chic, mientras que Getsemaní, el barrio histórico de los esclavos negros, se parece más bien a Constitución luego de medianoche. A sólo un kilómetro y siguiendo la Avenida San Martín, la zona del Laguito con sus torres exclusivas y sus Hilton, Sheraton, y, por supuesto, Aviatur asemeja a una Miami en miniatura. Es que Cartagena, como todo Latinoamérica, es un lugar de contrastes, a veces excesivos. Me pregunto cuántas de estas torres están hechas con dinero del narcotráfico.

Sea como fuere, Cartagena es una delicia para recorrer, y lo mejor es perderse entre sus callecitas, sin guía ni mapas ni nada, disfrutar de un sereno atardecer sobre el mar Caribe desde arriba de la muralla y luego deleitarse con los carruajes en la Plaza de la Aduana. Todo esto, claro, en una atmósfera agobiante de calor y humedad pero… ¿a alguien le importa?

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martes, 3 de agosto de 2010

Magia Latinoamericana, convirtiendo 250 km en 7 horas de viaje

Aquí en Latinoamérica, viajar tiene algo de especial, algo de aventura. Aquí no tiene sentido preguntar con demasiado énfasis cuántos kilómetros hay de trayecto, cuánto demora el bus, si es directo, si para. Esas son nimiedades y detalles para que los cobardes puedan hacer planes. Aquí, todo puede pasar, así que a arrellanarse en su asiento (si no es lo suficientemente duro) y a disfrutar de la aventura, como si fuera una de James Bond.

Una vez más, nos preparábamos para abordar un colectivo, rumbo a nuestra última parada en este continente, la romántica y amurallada ciudad de Cartagena de Indias, sueño y desvelo de piratas desde tiempos inmemoriales. Dicen que por allí se sacaba todo el oro del Perú rumbo a España, así que no eran pocos los que querían hacerse con su botín.

Nos subimos al mediodía, el termómetro marca 40, pero estamos felices, ¡el bus tiene aire acondicionado! ¡Qué lujo! De todas formas, ¿qué son 4 horitas?, pensamos ingenuamente. Como siempre, preguntamos: ¿es directo? Sí, sí, sólo para en Barranquilla. Creo que hasta que salimos de Santa Marta, paramos como 7 veces, a veces ¡hasta 3 veces en la misma cuadra! o en la puerta de salida misma de la terminal. ¡Aquí nadie quiere ni caminar hasta la terminal parece!

No importa, vamos disfrutando del camino y viendo la vida a través del cristal. Llegando a Barranquilla la cosa se vuelve bien industrial. Hay un puerto enorme, refinerías, y el ancho cauce del río Magdalena. De a poco, entramos y descubrimos el caos que es la ciudad. Gente por todos lados, como si fuera un hormiguero, y mucha, pero mucha, sin hacer absolutamente nada más que ver los buses pasar sentados en un banquito bajo una sombra. Mañana juega el Junior la final de la liga y alrededor del estadio se venden banderitas como pan caliente. Mientras, un hombre intenta convencer al chofer de subir su carga al bus. ¿Qué lleva? Como 8 altavoces de los que van dentro de los parlantes. De alguna manera se las arreglan y seguimos todos hacia el sudoeste.

Ya nos estamos deleitando con las escénicas callecitas de Cartagena cuando el bus súbitamente se detiene en medio de la carretera. Qué raro, algún accidente, qué otra cosa puede pasar. Sin embargo, después de un rato, la cosa no avanza ni un centímetro y ya ni nos animamos a preguntar. Hay gente que viene y que va, parece algún tipo de protesta y, seguramente por algo estarán ahí. Alguien me explica que en el barrio se fue la luz hace 2 días y nadie viene a devolverla. Esta vez bajo del bus a investigar de primera mano, pero no me hago muchas expectativas luego de lo que sucedió en Ecuador; ahora sólo miro los hechos desde afuera. Hay una señora gorda que se agarra a los gritos con un policía, que no hace más que reírse. La escena es muy bizarra y, por si fuera poco, empieza a llover. Prefiero dejar la acción y esperar dentro del bus esta vez. Mágicamente, después de poco más de una hora, aparece una camioneta de la empresa de electricidad y todo parece reactivarse. ¡Qué milagro! ¡Qué celeridad! Ahora sí, dele chofer, que faltan menos de 80 kilómetros.

Lejos estaríamos de saber, que lo acontecido sería sólo un tentempié, un abrebocas, un pasabocas, un snack o como quieran llamarlo. Ya entrando a la ciudad misma de Cartagena, y cruzando un barrio de dudosa reputación y nombre aún más amenazante, ahora sí, hay como 100 personas con palos y piedras en medio de la vía. Parece que acá también pasa algo parecido. Bueh, habrá que esperar. ¿Hasta cuándo? No sé, yo de acá no me bajo. Parece que viene para largo, la noche ya cae, se larga un diluvio y la cosa está fea. Por el costado del bus pasan sujetos ene ene montados en scooters que miran hacia adentro de los vehículos con sonrisas socarronas y juraría que investigando y relojeando las bodegas. La espera se vuelve insoportable, ya llevamos como 6 horas acá arriba y ahora, al estar el vehículo apagado, sin aire, en el medio de la nada, y sin esperanzas a la vista. Otra persona también me comenta que aparentemente más de la mitad de la gente por estos lados se cuelga de los cables y, por esa razón, los desperfectos son casi diarios. La compañía, claro, no quiere saber nada y simplemente todos quedan a la buena de dios, como nosotros ahora.

Miramos el reloj y ya pasaron como 2 horas, ¿cuánto más? De repente algo pasa, todos corren, el chofer hace lo que puede con su guatita, se sube, y arrancamos como el F1 de Schumacher en la largada de Mónaco. Intuyo que de alguna manera se forzó una brecha en el corte y todos se mandan. Por las dudas, atinamos a cerrar las cortinitas y a taparnos con las camperas. Lo último que nos falta hoy es recibir un piedrazo.

Finalmente llegamos a Cartagena a las 10 de la noche (que aquí parecen como las 3 de la mañana) y después de una fuerte tormenta que inundó toda la ciudad. La terminal está lejos del centro, vacía y no hay buses ni taxis por ningún lado. Aparece uno después de un largo rato, es nuestra única opción. Intentamos regatear pero tuvimos que resignarnos, estamos en desventaja y, francamente, sólo queremos llegar.

El viaje es largo, largo, estamos bien lejos del centro, y tardamos aunque las calles están desiertas. Nuestro chofer para a comprar un chance (billete de lotería) y después también a cargar GNC. ¿Algo más? Sí, claro, ahora el Daewoo Tico no arranca de ninguna manera. ¡Por favor, quiero llegar de una vez! Finalmente, el motor se apiada de mis lamentos y decide encender en precarios tres cilindros. Atravesamos unas calles vacías y tan oscuras que dan miedo, sólo nos tranquilizamos cuando cruzamos la muralla. Ya estamos en el barrio antiguo, ¡no puede faltar mucho!

La primera impresión no es buena pero, qué más da, que se termine el día de una vez. Getsemaní es la parte más relegada del centro y así se nota en los frentes un poco abandonados, las “chicas” que están “trabajando” y “parceros” que salen de jugar y tomarse aguardientes en algún antro de mala muerte. Nuestro taxi nos deja en Casa Viena, el lugar que nos recomendaron pero, adivinen qué, no tienen lugar. Ronald, el sereno, sin embargo, se apiada y empieza a llamar a algunos teléfonos de otros establecimientos. Dicen que sí, que acá a dos cuadras tienen lugar! ¡Sí!

Son como las 11 y media y todavía nos falta comer, pero aún así estamos felices de haber llegado. Hoy tuvimos un día realmente Latinoamericano y eso, eso, no se puede comprar con MasterCard.

lunes, 7 de junio de 2010

El trole

El trolebús, más conocido por todos como “el trole” es hoy un símbolo de Quito. Forma parte de un sistema integrado de transporte público que incluye también el Metro y la Ecovía. Se trata de 3 líneas de buses y trolebuses dobles con carriles exclusivos que recorren el eje norte-sur de la ciudad desde hace unos quince años en un intento por solucionar los graves problemas de tránsito que aquejan a la capital ecuatoriana.

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El sistema tiene distintos recorridos (hay servicios más cortos y otros más largos), una frecuencia más que aceptable y un cronograma que se cumple. Cuenta con estaciones cada aproximadamente 4 cuadras identificadas con una señalética impecable que incluye los nombres y dibujos alegóricos. En todas hay mapas con el recorrido y carteles electrónicos que anuncian en tiempo real cuánto falta para que llegue el próximo trole.

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El costo del boleto es de USD 0,25. Uno adquiere el pasaje en la boletería y luego, previo depósito del cospel o tarjeta magnética (según se trate del trole o el metro) en el molinete, accede a la plataforma, con puertas automáticas que coinciden perfectamente con las puertas del trole y que se abren únicamente cuando el trole se detiene en la parada.

Una vez a bordo, hay que estar atento y cuidar bien las pertenencias ya que el trole es hogar de muchos amigos de lo ajeno. En nuestro primer viaje, recién llegaditos y con todas nuestras cosas a cuestas, logramos identificar a un par de malandras. No les quitamos la vista de encima y llegamos a nuestro destino sin inconvenientes. De hecho, nunca tuvimos ningún problema en el Trole así que quizás solo se trate de no bajar la guardia.

Para asegurarse de que uno no se pase, la voz de una locutora con acento español va anunciando las paradas actuales y siguientes. Además, hay un cartel electrónico y, por si fuera poco, muchas veces el conductor también anuncia las paradas y avisa que va a cerrar las puertas.

Como se imaginarán, es un medio de transporte muy popular. Tanto, que hay horas en las que va tan lleno como el 60 o la línea C a las 6 de la tarde. Y si bien es rápido la mayor de las veces (20 minutos en promedio desde el centro histórico hasta la terminal norte de la Y), en las horas pico puede llegar a parecerse a un caracol, según las condiciones del tránsito. Es por eso que la semana pasada el gobierno estableció el sistema de pico y placa, que prohíbe un día a la semana la circulación por el centro de los autos cuyas patentes terminan en un determinado número).

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Demás esta decir que el trole fue nuestro principal medio de transporte para movernos por la ciudad y, por eso, este humilde homenaje. ¿Y si en Buenos Aires se hiciera algo parecido? ¿Alguien se anima?

Saludos a todos desde el camino,

Marie
Quito, Ecuador 
5 de mayo de 2010

Nota: Las imágenes no son nuestras sino de HappyGiuseppe (1 y 3), http://relatos-de-viajes.blogspot.com (2)y Leonardo Laso (4). Este último, se los recomiendo, es muy interesante.

jueves, 20 de mayo de 2010

Dejando las tierras bajas

IMG_7120 El día comienza y otra vez estamos en el camino en búsqueda de nuevas aventuras, hoy domingo volvemos a subir los Andes con la esperanza de que nos den un merecido respiro climático. ¿El destino? Cuenca. Dicen por ahí que es la ciudad más bonita del Ecuador, con hermosas iglesias coloniales y queremos confirmarlo.

Enfilamos hacia la terminal, compramos el boleto y subimos a un bus de San Luis en estado medio dudoso. Miro, y el resto de los buses también son parecidos, los doble piso no gozan de fama aquí y son raros de encontrar. Supongo ingenuamente que en un país pequeño se llega rápidamente a todos lados y que por ello no hay necesidad, pero la circunstancias me demostrarían como tantas veces que estaría equivocado. Las mochilas, como en Bolivia, sin ticket ni nada.

No bien salir de la terminal, comienza un incesante desfile de personajes variopintos que suben a ofrecer sus labores y sus historias. El primero nos ofrece bijouterie, porque la feria en la que iba a exponer no se realizó. Unos minutos más adelante, el segundo vende chocolates y su yeite para conseguir la atención es regalar galletitas a quienes le contesten correctamente preguntas sencillas. ¿Cuántos 9 hay en los primeros 100 números? Nadie acertó… El tercero vende sus helados Pingüino, y esto ya es bien bizarro, chifles, papas, choclos y hasta sandía terminan de completar la variada oferta informal. Incluso paramos a cargar gasoil por ahí. El camino me demostraría que por estos lares el combustible se carga siempre con la gente arriba del bus y luego de haber salido de la terminal y no antes de salir, como todo el mundo podría pensar.

Cruzamos plantaciones de bananas y bananas y más bananas, nunca vi tantas en mi vida. Con razón el hombre más rico de aquí se dedica a esto.

IMG_7297 De allí la carretera abandona definitivamente el fértil plano, los pueblos y los vendedores ambulantes y serpenteando con dificultad se va internando en los Andes. Las laderas occidentales, son un espectáculo magnífico, difícil de igualar. Avanzamos entre selva húmeda y rodeados por copiosa niebla, el espectáculo es misterioso e inigualable y sólo faltan los gorilas (Por Gorilas en la niebla…) Con tesón y paciencia por una angosta carretera vamos ganando metros, perdiendo temperatura y cambiando de paisaje. Arriba el frío es fuerte y la vegetación rala, la selva va dejando de a poco lugar al páramo que conforma al Parque Nacional Cajas y su sinnúmero de lagunas laberínticas. El paisaje sigue siendo hermoso, pero ahora frío y desértico, duro.

Ya llevamos 5 horas y las piernas piden a gritos un poquito más de espacio, es cierto, no hemos tenido suerte con el bus esta vez. Serán así el resto del viaje en Ecuador?

Finalmente cuando ya estábamos intentando hacer la parabólica humana para estirar las piernas, entramos en Cuenca, la ciudad parece bonita, bien bonita, enclavada en un valle verde y rodeada de un montón de cúpulas de iglesia, la mayoría en forma de domo. Parece que por todos lados hay panaderías y muchos lugares donde venden cosas ricas. Eso es muy bueno…

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sábado, 6 de febrero de 2010

Pequeñas malas costumbres

12 de la noche, acabamos de dejar la terminal de Rosario, nos queda una parada más para levantar
gente en Rafaela, y luego cargar Gasoil en Sunchales. De ahí a Tucumán sin escalas. Ruta abierta.

No me considero una persona que hace muchos viajes, mejor dicho al menos no que utilice asiduamente servicios de transporte masivo como avión o micro. De hecho este post es una excusa para que aquellos
que sí lo hacen me den su opinion...

Invariablemente, una situación que se repite, especialmente cuando la gente aborda el transporte en paradas sucesivas es la asignación de los asientos. La lógica convencional es sencilla, uno compra el boleto, ya sea por internet o por boletería, elige los asientos y luego cuando sube al transporte busca el numerito correspondiente y voilá.

Sin embargo, y por alguna extraña razón, la mayoría de las veces la gente al ver otros asientos vacíos llega a la conclusión que el suyo que eligió originalmente ya no le gusta más; quizá porque no está al lado de la ventanilla, porque está lejos de la tele, porque está muy cerca del baño, y así siguen las razones.

Otro caso particular es el intercambio de asientos entre conocidos. Claro! Yo quiero sentarme con Fulanito, pero Menganito quiere sentarse con Sultanito, pero el problema es que esa fila de asientos es de a 2. Entonces, vení para acá, que aquél va para allá y le pedimos al de al lado si se puede correr un lugar, y todos contentos! Imagínense que por ejemplo en un Jumbo, si cada persona implementa esa lógica, no estamos muy lejos del caos total. Recuerdo los esfuerzos vanos de las azafatas cuando volví de Boston por intentar lograr que toda el grupo de argentinos se sentara de una buena vez antes del despegue.

En esta ocasión, al parar en la estación de Liniers, sube una mujer, con su hijita, Milagros de 2 dulces años, habiendo comprado ambos un sólo asiento, el número 8. Pobre mujer, no la culpo, quizá llegó con mucho esfuerzo a juntar el costo del pasaje. Al subir, directamente no se molestó en buscar su número de asiento, sencillamente analizó todas las posibilidades y llegó a la conclusión que los mejores dos asientos eran los que estaban detrás nuestro (a pesar de haber comprado uno solo). De todas formas, algo mencionó acerca de su asiento y le indicamos amablemente cual era. Nos desestimó por completo.

Luego vino el señor "azafato", quien en buenos términos le solicitó dos veces sin éxito que ocupara su asiento, dado que probablemente hubiera inconvenientes al subir más gente en Rosario. Lisa y llanamente no le dio bola. Claro, acá la cadena comienza, porque a otra persona le pareció interesante el asiento 8 que había quedado disponible y aparentemente lo mismo sucedió con otro asiento más.

Al llegar a Rosario subieron al bus los legítimos poseedores de los asientos, quienes al ver ocupados los suyos, debieron disparar el gatillo de todo el juego. Avisarle al señor "azafato" para que venga a buscar a los "ocupas", esperar que se despierten se muevan con todas sus mantas y bártulos, a despertar al señor del 8, quien a su vez siguió la ronda.

¿Qué les parece? ¿Es una pequeñita mala costumbre nuestra? ¿Es internacional?