martes, 3 de agosto de 2010

Magia Latinoamericana, convirtiendo 250 km en 7 horas de viaje

Aquí en Latinoamérica, viajar tiene algo de especial, algo de aventura. Aquí no tiene sentido preguntar con demasiado énfasis cuántos kilómetros hay de trayecto, cuánto demora el bus, si es directo, si para. Esas son nimiedades y detalles para que los cobardes puedan hacer planes. Aquí, todo puede pasar, así que a arrellanarse en su asiento (si no es lo suficientemente duro) y a disfrutar de la aventura, como si fuera una de James Bond.

Una vez más, nos preparábamos para abordar un colectivo, rumbo a nuestra última parada en este continente, la romántica y amurallada ciudad de Cartagena de Indias, sueño y desvelo de piratas desde tiempos inmemoriales. Dicen que por allí se sacaba todo el oro del Perú rumbo a España, así que no eran pocos los que querían hacerse con su botín.

Nos subimos al mediodía, el termómetro marca 40, pero estamos felices, ¡el bus tiene aire acondicionado! ¡Qué lujo! De todas formas, ¿qué son 4 horitas?, pensamos ingenuamente. Como siempre, preguntamos: ¿es directo? Sí, sí, sólo para en Barranquilla. Creo que hasta que salimos de Santa Marta, paramos como 7 veces, a veces ¡hasta 3 veces en la misma cuadra! o en la puerta de salida misma de la terminal. ¡Aquí nadie quiere ni caminar hasta la terminal parece!

No importa, vamos disfrutando del camino y viendo la vida a través del cristal. Llegando a Barranquilla la cosa se vuelve bien industrial. Hay un puerto enorme, refinerías, y el ancho cauce del río Magdalena. De a poco, entramos y descubrimos el caos que es la ciudad. Gente por todos lados, como si fuera un hormiguero, y mucha, pero mucha, sin hacer absolutamente nada más que ver los buses pasar sentados en un banquito bajo una sombra. Mañana juega el Junior la final de la liga y alrededor del estadio se venden banderitas como pan caliente. Mientras, un hombre intenta convencer al chofer de subir su carga al bus. ¿Qué lleva? Como 8 altavoces de los que van dentro de los parlantes. De alguna manera se las arreglan y seguimos todos hacia el sudoeste.

Ya nos estamos deleitando con las escénicas callecitas de Cartagena cuando el bus súbitamente se detiene en medio de la carretera. Qué raro, algún accidente, qué otra cosa puede pasar. Sin embargo, después de un rato, la cosa no avanza ni un centímetro y ya ni nos animamos a preguntar. Hay gente que viene y que va, parece algún tipo de protesta y, seguramente por algo estarán ahí. Alguien me explica que en el barrio se fue la luz hace 2 días y nadie viene a devolverla. Esta vez bajo del bus a investigar de primera mano, pero no me hago muchas expectativas luego de lo que sucedió en Ecuador; ahora sólo miro los hechos desde afuera. Hay una señora gorda que se agarra a los gritos con un policía, que no hace más que reírse. La escena es muy bizarra y, por si fuera poco, empieza a llover. Prefiero dejar la acción y esperar dentro del bus esta vez. Mágicamente, después de poco más de una hora, aparece una camioneta de la empresa de electricidad y todo parece reactivarse. ¡Qué milagro! ¡Qué celeridad! Ahora sí, dele chofer, que faltan menos de 80 kilómetros.

Lejos estaríamos de saber, que lo acontecido sería sólo un tentempié, un abrebocas, un pasabocas, un snack o como quieran llamarlo. Ya entrando a la ciudad misma de Cartagena, y cruzando un barrio de dudosa reputación y nombre aún más amenazante, ahora sí, hay como 100 personas con palos y piedras en medio de la vía. Parece que acá también pasa algo parecido. Bueh, habrá que esperar. ¿Hasta cuándo? No sé, yo de acá no me bajo. Parece que viene para largo, la noche ya cae, se larga un diluvio y la cosa está fea. Por el costado del bus pasan sujetos ene ene montados en scooters que miran hacia adentro de los vehículos con sonrisas socarronas y juraría que investigando y relojeando las bodegas. La espera se vuelve insoportable, ya llevamos como 6 horas acá arriba y ahora, al estar el vehículo apagado, sin aire, en el medio de la nada, y sin esperanzas a la vista. Otra persona también me comenta que aparentemente más de la mitad de la gente por estos lados se cuelga de los cables y, por esa razón, los desperfectos son casi diarios. La compañía, claro, no quiere saber nada y simplemente todos quedan a la buena de dios, como nosotros ahora.

Miramos el reloj y ya pasaron como 2 horas, ¿cuánto más? De repente algo pasa, todos corren, el chofer hace lo que puede con su guatita, se sube, y arrancamos como el F1 de Schumacher en la largada de Mónaco. Intuyo que de alguna manera se forzó una brecha en el corte y todos se mandan. Por las dudas, atinamos a cerrar las cortinitas y a taparnos con las camperas. Lo último que nos falta hoy es recibir un piedrazo.

Finalmente llegamos a Cartagena a las 10 de la noche (que aquí parecen como las 3 de la mañana) y después de una fuerte tormenta que inundó toda la ciudad. La terminal está lejos del centro, vacía y no hay buses ni taxis por ningún lado. Aparece uno después de un largo rato, es nuestra única opción. Intentamos regatear pero tuvimos que resignarnos, estamos en desventaja y, francamente, sólo queremos llegar.

El viaje es largo, largo, estamos bien lejos del centro, y tardamos aunque las calles están desiertas. Nuestro chofer para a comprar un chance (billete de lotería) y después también a cargar GNC. ¿Algo más? Sí, claro, ahora el Daewoo Tico no arranca de ninguna manera. ¡Por favor, quiero llegar de una vez! Finalmente, el motor se apiada de mis lamentos y decide encender en precarios tres cilindros. Atravesamos unas calles vacías y tan oscuras que dan miedo, sólo nos tranquilizamos cuando cruzamos la muralla. Ya estamos en el barrio antiguo, ¡no puede faltar mucho!

La primera impresión no es buena pero, qué más da, que se termine el día de una vez. Getsemaní es la parte más relegada del centro y así se nota en los frentes un poco abandonados, las “chicas” que están “trabajando” y “parceros” que salen de jugar y tomarse aguardientes en algún antro de mala muerte. Nuestro taxi nos deja en Casa Viena, el lugar que nos recomendaron pero, adivinen qué, no tienen lugar. Ronald, el sereno, sin embargo, se apiada y empieza a llamar a algunos teléfonos de otros establecimientos. Dicen que sí, que acá a dos cuadras tienen lugar! ¡Sí!

Son como las 11 y media y todavía nos falta comer, pero aún así estamos felices de haber llegado. Hoy tuvimos un día realmente Latinoamericano y eso, eso, no se puede comprar con MasterCard.

1 comentario:

  1. Bueno, a quedarse tranquilos que, de seguir así en este país,estamos llegando a igualarnos en cuanto a cortes, gente sin hacer nada, falta de energía. Y sobre todo auroridades que miran sólo para dónde están sus arcas,bien llenitas ,gracias a la costumbre que tomaron de apropiarse de dinerillos ajenos.
    Como ciudad amurallada, tengo entendido que es hermosa.
    Realmente son experiencias únicas, aunque a veces un poco tediosas.
    Me gustaría ser socióloga para analizar la problemática latinoamericana e intentar una aproximación a una posible vía de solución. No es fácil, tiene innumerables aristas, pero sería muy interesante intentarlo. Marie: estamos esperando tus comentarios. A seguir disfrutando , Cla y Gra

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