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viernes, 20 de agosto de 2010

La mar estaba serena, serena estaba la mar

PA01-00015 Cuando amanece ya nos encontramos en alta mar. Agua, agua y agua para todos lados que miremos. Aquí en el mar se pierde la noción del tiempo; la inmensidad del mar juega con nuestra percepción del tiempo. Parece como si el día nunca fuera a acabar.

El mar está sereno y el color del agua es un azul bien intenso. No obstante, se puede ver varios metros hacia abajo. Como las condiciones del mar lo permiten (las olas no superan el medio metro y no hay corriente), muchos se ponen la malla y saltan al agua. Nadan alrededor del velero. Antes de que estén demasiado cansados para volver, el capi los hace subir de nuevo.

No recorremos más que unas millas cuando aparece un grupo de delfines en la proa. Todos vamos hacia allí como chicos. Contamos unos cinco. Son curiosos y juguetones y saltan por delante del barco. Son como perros de agua. A bordo estamos todos felices. Para muchos, es la primera vez que vemos delfines fuera de un acuario, en su hábitat natural, en su casa. ¡Es tan hermoso! Pasados unos 10 minutos, desaparecen tan rápido como llegaron.

PA01-00013 El resto de la navegación hasta Coco Bandero (nuestra primera parada en San Blas) es tranquila. Cuando el viento amaina, encendemos el motor para asegurarnos de llegar allí a horario y poder disfrutar del lugar uno o dos días. El mar se porta muy bien y nos regala prácticamente dos días de olas pequeñas y buen clima (ninguna tormenta, por suerte).

Sin embargo, lejos estuve de poder disfrutarlo. Yo, con alma de marinera, que navegué a vela todos los fines de semana durante dos años, que crecí rodeada de barcos y veleros, que disfrutaba cada vez que me subía a una canoa, una lancha, un ferry o cualquier otra cosa que flotara, por primera vez en la vida, me mareé. Y me mareé feo. No es que me diera vueltas el mundo o me molestara la cabeza. Tampoco tenía problemas para mantener el equilibrio. Simplemente, mi estómago empezó a dar señales de que algo no le gustaba y lo manifestó elocuentemente expulsando todo cuanto había en él. Eso me pasa por hacerme la canchera y no haber tomado las pastillitas para evitar el mareo. ¿Cómo me iba a pasar a mí? ¿Justo a mí?

Saludos a todos desde el camino,

Marie
Algún lugar del Golfo de Urubá, Colombia
12 de junio de 2010

miércoles, 18 de agosto de 2010

Se busca capitán

Cruzar de Colombia a Panamá puede ser toda una aventura. Al no haber opción terrestre alguna, solo resta decidir si hacerlo en forma aérea o marítima.

La primera opción ofrece la comodidad de estar en el destino en menos de una hora (3hs. como máximo si tenemos en cuenta los tiempos de check-in y retiro de equipaje). Contras: el horario del vuelo (sale y llega de noche), el precio del pasaje, el costo del traslado desde y hacia el aeropuerto, y el hecho de que resulta imposible convencer a las aerolíneas de venderte un solo tramo (ida) pues aparentemente las autoridades panameñas exigen que uno tenga un pasaje de salida del país y, en caso de que le negaran la entrada a Panamá, la aerolínea debería correr con el cargo de llevarte de vuelta al país de origen.

PA01-00001 La segunda opción es un poco más cara que la primera (si las comparamos nominalmente) pero mucho más romántica. Requiere de coraje y tiempo pues implica navegar 5 o 6 días en velero, a saber, 2 días en alta mar y 3 o 4 días recorriendo las Islas de San Blas. Aventureros y románticos como somos, obviamente nos decidimos por esta opción. Así nos abocamos a la tarea de encontrar un barco y un capitán de buena reputación que nos llevara a destino sanos y salvos.

La tarea resultó mucho más complicada de lo que esperábamos. Como se trata de una actividad “informal”, no hay un lugar oficial dónde averiguar ni un sitio web que centralice la información de los barcos, sus capitanes y sus fechas de viajes. Recabar toda la data es arduo. Hay que ir a preguntando con cuidado a los hostels, mirar atentamente las carteleras y después hacer una exhaustiva búsqueda en la Web. Una vez que identificamos los veleros con partidas “programadas” para esa semana, nos sumergimos en la Web a bucear por referencias y experiencias de otros viajeros a fin de determinar si se trataba de un capitán confiable. No querríamos terminar presos porque al capi se le ocurrió llevar un par de kilitos de coca o a la deriva porque al capi le gusta tomar un poco demasiado ron y se termina cayendo por la borda (son ejemplos reales). Una vez que descartamos los que nos parecían poco serios, nos dirigimos al club náutico (ha de ser el club náutico menos glamoroso de todo el mundo) para ver los barcos in situ y conocer personalmente a sus respectivos capitanes.

PA01bis_00023 Así es como dimos con Bruno e Ingrid, una pareja de canarios que están recorriendo el mundo en velero y hace un año que se dedican a cruzar gente entre Colombia y Panamá. El velero de 40 pies, el Güinfly, no es lujoso ni nada parecido. Es bien sencillo y algo más pequeño de lo que hubiéramos querido (especialmente si tenemos en cuenta que en total seríamos 10 personas a bordo). La ventaja es que la superficie de la cubierta es antideslizante y está libres de obstáculos (léase molinetes, cornamusas, etc.) que pudieran hacerlo a uno tropezar y caer al agua. A pesar de su look bohemio (más apropiado para el percusionista de Manu Chao que para un hombre de mar), Bruno nos pareció muy responsable y, después de analizar otras opciones para ver si podíamos zarpar antes, decidimos ir con él (lo que implicaba pasar unos días más de lo previsto en la agobiante Cartagena).

Por fin teníamos capitán y fecha de zarpe: salíamos el 10 de junio aunque nos perdiéramos el primer partido de la selección. Mientras aguardábamos la partida, nos preguntamos: ¿Cómo será estar rodeados de agua y no ver tierra por dos días? ¿Se moverá mucho el velero? ¿Nos marearemos? ¿Qué pasa si nos agarra una tormenta en alta mar?

No importa. ¡Panamá allá vamos! Capitán, ponga rumbo sudoeste por favor!!!

Saludos a todos desde el camino,

Marie
Cartagena, Colombia 
10 de junio de 2010

martes, 10 de agosto de 2010

Mucho más que una frontera, un tapón.

Después de tomarnos muchos, muchísimos buses, trenes y cuanto medio de transporte hubiera a nuestro alcance, llegamos al fin bien al norte, a Cartagena de Indias, y aquí se nos acaba Sudamérica. ¿Y ahora? Y ahora se viene Centroamérica, pero primero, ¡hay que ver cómo llegar!

Si les gustan los mapas como a mí, y han pasado horas observando lo angosta que es la región continental de América Central, se habrán dado cuenta que sólo una pequeña porción está en contacto con Colombia. Pocos lugares en el mundo despiertan la imaginación de aventureros y viajeros como esta remota y selvática zona lo hace desde hace siglos, es el Darién.

Sin embargo, aquí algunas cosas siguen siendo como antes que Colón descubriera América. No hay un sólo rastro de civilización, y por unos cuantos motivos esta zona está completamente aislada, aquí se acaban todos los caminos. Por ahora, muchas guías dicen que bueno, mejor evitar la la zona.

Para empezar, las selvas del Darién son espesas, muy espesas, aún más que el Amazonas. Su accidentada, montañosa y particular geografía hace que los vientos del Pacífico descarguen constantemente sus aguas durante la mayor parte del año, convirtiendo cualquier senda en un lindo lodazal. Además, la selva es hogar de unos cuantos ofidios, especialmente la ponzoñosa víbora terciopelo. Si se pierde aquí, no espere que nadie lo vaya a buscar…

Por otra parte, y como les veníamos contando antes, Colombia produce más del 80% de la cocaína que se consume en los Estados Unidos, la cual evidentemente pasa por algún lugar. ¿Qué  mejor que la espesura del Darién para esconder semejante cantidad de narcóticos? Los pocos senderos existentes son usados activamente por narcotraficantes y, mejor ¡no cruzarse con ellos!

También el Darién es una ruta activa para los inmigrantes ilegales que intentan llegar como sea a Estados Unidos o bien escapan de Cuba hacia Sudamérica. Los que más dinero tienen vuelan directo a Guatemala y de allí empiezan su periplo, pero como Guatemala ahora también le pide visa a los colombianos…

Para no ser menos, el Darién también es hogar de varios grupos armados colombianos. Aquí las FARC encuentran refugio seguro y, dado que cada vez están más y más acorralados, no tienen más remedio que refugiarse en estas selvas. Obviamente los paramilitares, también los persiguen y terminan todos en el mismo lugar.

Por último, el Darién también está atestado de lisa y llanamente bandidos y, bandoleros que, sin ocupación fija trabajan aprovechándose de la falta de ley, intentando aprovecharse de cuanto desprevenido puedan encontrar.

Por si faltara algo a la frutilla del postre, el Darién es una zona endémica de dengue y malaria resistente a la cloroquina.

Alguien quiere intentar pasar caminando? Yo no :-)

El gobierno de Panamá, una antigua provincia colombiana que obtuvo su independencia como consecuencia directa de la intervención norteamericana al construir el canal prefiere no realizar ningún tipo de modificación en esta provincia. Hoy, la Carretera Panamericana termina en un pueblito llamado Yavizá, y sólo reaparece 90 km más adelante en el Chocó colombiano. De pueblo a pueblo, es literalmente tierra de nadie. En tiempos mejores, esforzados caminantes y aventureros han cruzado a pie. En las últimas décadas cruzar por acá es directamente suicida.

En vistas de esto creo que dejaremos las selvas del tapón de Darién para que las disfruten los monos y nos dedicaremos a buscar un barco para cruzar a Panamá, hay algunos capitanes que se dedican a cruzar gente en sus veleros directo a San Blas. También es posible cruzar en avión claro, pero Copa se rehúsa a venderle un solo tramo desde Colombia, no sea cosa que se quiera a quedar a vivir en Panamá.

Ah, y hay que tener cuidado con qué barco se va a cruzar, porque muchos se dedican a cruzar “mercancías” de contrabando.

lunes, 9 de agosto de 2010

La plaga de la playa

A diferencia de lo que sucede en muchísimos lugares, aquí, en Playa Blanca, la mayoría de los vendedores ambulantes son realmente detestables y llega un punto en el que uno desearía tener una pizarra diciendo “No se acerque a menos de 2 metros” o mejor aún, un Rottweiler o un ovejero como el que lo mordió a Navarro Montoya en el estadio Nacional de Chile (¿se acuerdan?). Casi la totalidad de estos sujetos no entiende ni uno, ni dos, ni tres no. Es más, no entiende absolutamente un no por respuesta.

Son hordas que se acercan a ofrecer sus chucherías a pesar de que uno no los llama ni tiene la menor intención de ver qué ofrecen. Luego te refriegan lo que venden a menos de 30 centímetros de la cara y, encima, si uno les dice con amabilidad y una sonrisa “Muchas gracias, pero no quiero”, le insisten otras 3 o hasta 4 veces más. Finalmente, luego de semejante intimidación y cuando comprenden que uno no quiere absolutamente nada más que que lo dejen tranquilo, se alejan simulando enojo y desazón y hasta alguna palabra mascullada para infligir culpa en los pobres transeúntes. Multipliquen este acoso a 5 o 6 cada media hora y la cosa se vuelve insoportable. Ni siquiera el agua es terreno seguro para zafar de los acosadores, aquí también los hay: el que viene con su moto de agua, el que te ofrece el snorkel y la mujer que te vende el juguito de coco.

Les relato una de las interacciones con uno de los coloridos personajes que vendía mejillones. El teatro es más o menos así:

- Hola amigo, ¿cómo le va? Tengo mejillones para usted.

- Gracias, pero no, no quiero.

- Pero mire, están buenos, recién sacados del mar.

- Gracias, pero no, ya le dije que no quiero.

- Pero pruebe uno, va a ver que le gusta.

- Gracias, no tenemos dinero como para comprar mejillones, no me interesa.

- Ah, usted es argentino, como Messi. Bueno, yo le convido uno, se lo regalo entonces.

- Gracias de nuevo, pero le dije que no quiero mejillones.

- Por favor, no me lo desprecie, tómelo como un regalo de un amigo.

- Uff. Bueh… démelo nomás, pero mire que me lo está regalando.

 

No va que el hombre sostiene cinco minutos más una charla que simula ser amable y me dice:

- Bueno, le di dos así que son $4000 (2 dólares).

-¿¿¿¿¿Cómo????? Si le dije mil veces que no quería y que no tenía dinero. Usted me dijo que no se lo despreciara y que me los regalaba para probar…

- Sí, bueno, pero usted los comió, así que son $4000.

- Mire, no le voy a pagar nada, usted me está tomando por boludo (acá la cosa empezó a subir de tono).

- ¿Cómo que no me va a pagar? Bueno, le cobro $2000. (Haciéndose el enojado).

- Ya le dije que no, no le pago nada y, si no le gusta, traiga a un policía.

- Bueno, pero deme $1000 entonces…

La charla termina abruptamente, el hombre se va enojado a seguir vendiendo por la playa. No va que 2 horas después sorpresivamente vuelve, se para a nuestro lado y dice con tono intimidatorio:

- Hola, vengo a cobrar la deuda.

- ¿Qué? Ya tuvimos esta conversación… Ya le dije que me está queriendo tomar por pelotudo. No tiene nada que hacer aquí.

- Pero me tiene que dar plata.

- Yo no le doy nada, y ¡váyase!

Finalmente, después de mucho pensarlo, se retiró mascullando uno y mil improperios hacia la argentinidad, las provincias unidas del sur y no sé cuántas otras cosas más. De más está decir que en lo subsiguiente y como medida preventiva, ningún vendedor pudo acercarse a más de 2 metros sin recibir un ladrido de mi parte. Algunos lo entendieron, otros tuvieron que recibir varios. Después de observar un rato, llegamos a la conclusión de que buena parte de la gente termina comprando aunque sea algo (especialmente comestibles) para no sentirse intimidada, extorsionada o simplemente por miedo.

En la zona de la playa en donde llega la lancha que trae a la gente del ferry, las situaciones lindan lo grotesco. Gente que literalmente no la dejan caminar, ofertas de hasta 3 y 4 vendedores al mismo tiempo, gente que ofrece venta al crédito (no me imagino cómo pudiera ser esto) y miles de cosas más. Como dicen aquí, son bien “intensos”. En fin, una manera más de rebuscársela por estos lares.

martes, 3 de agosto de 2010

Magia Latinoamericana, convirtiendo 250 km en 7 horas de viaje

Aquí en Latinoamérica, viajar tiene algo de especial, algo de aventura. Aquí no tiene sentido preguntar con demasiado énfasis cuántos kilómetros hay de trayecto, cuánto demora el bus, si es directo, si para. Esas son nimiedades y detalles para que los cobardes puedan hacer planes. Aquí, todo puede pasar, así que a arrellanarse en su asiento (si no es lo suficientemente duro) y a disfrutar de la aventura, como si fuera una de James Bond.

Una vez más, nos preparábamos para abordar un colectivo, rumbo a nuestra última parada en este continente, la romántica y amurallada ciudad de Cartagena de Indias, sueño y desvelo de piratas desde tiempos inmemoriales. Dicen que por allí se sacaba todo el oro del Perú rumbo a España, así que no eran pocos los que querían hacerse con su botín.

Nos subimos al mediodía, el termómetro marca 40, pero estamos felices, ¡el bus tiene aire acondicionado! ¡Qué lujo! De todas formas, ¿qué son 4 horitas?, pensamos ingenuamente. Como siempre, preguntamos: ¿es directo? Sí, sí, sólo para en Barranquilla. Creo que hasta que salimos de Santa Marta, paramos como 7 veces, a veces ¡hasta 3 veces en la misma cuadra! o en la puerta de salida misma de la terminal. ¡Aquí nadie quiere ni caminar hasta la terminal parece!

No importa, vamos disfrutando del camino y viendo la vida a través del cristal. Llegando a Barranquilla la cosa se vuelve bien industrial. Hay un puerto enorme, refinerías, y el ancho cauce del río Magdalena. De a poco, entramos y descubrimos el caos que es la ciudad. Gente por todos lados, como si fuera un hormiguero, y mucha, pero mucha, sin hacer absolutamente nada más que ver los buses pasar sentados en un banquito bajo una sombra. Mañana juega el Junior la final de la liga y alrededor del estadio se venden banderitas como pan caliente. Mientras, un hombre intenta convencer al chofer de subir su carga al bus. ¿Qué lleva? Como 8 altavoces de los que van dentro de los parlantes. De alguna manera se las arreglan y seguimos todos hacia el sudoeste.

Ya nos estamos deleitando con las escénicas callecitas de Cartagena cuando el bus súbitamente se detiene en medio de la carretera. Qué raro, algún accidente, qué otra cosa puede pasar. Sin embargo, después de un rato, la cosa no avanza ni un centímetro y ya ni nos animamos a preguntar. Hay gente que viene y que va, parece algún tipo de protesta y, seguramente por algo estarán ahí. Alguien me explica que en el barrio se fue la luz hace 2 días y nadie viene a devolverla. Esta vez bajo del bus a investigar de primera mano, pero no me hago muchas expectativas luego de lo que sucedió en Ecuador; ahora sólo miro los hechos desde afuera. Hay una señora gorda que se agarra a los gritos con un policía, que no hace más que reírse. La escena es muy bizarra y, por si fuera poco, empieza a llover. Prefiero dejar la acción y esperar dentro del bus esta vez. Mágicamente, después de poco más de una hora, aparece una camioneta de la empresa de electricidad y todo parece reactivarse. ¡Qué milagro! ¡Qué celeridad! Ahora sí, dele chofer, que faltan menos de 80 kilómetros.

Lejos estaríamos de saber, que lo acontecido sería sólo un tentempié, un abrebocas, un pasabocas, un snack o como quieran llamarlo. Ya entrando a la ciudad misma de Cartagena, y cruzando un barrio de dudosa reputación y nombre aún más amenazante, ahora sí, hay como 100 personas con palos y piedras en medio de la vía. Parece que acá también pasa algo parecido. Bueh, habrá que esperar. ¿Hasta cuándo? No sé, yo de acá no me bajo. Parece que viene para largo, la noche ya cae, se larga un diluvio y la cosa está fea. Por el costado del bus pasan sujetos ene ene montados en scooters que miran hacia adentro de los vehículos con sonrisas socarronas y juraría que investigando y relojeando las bodegas. La espera se vuelve insoportable, ya llevamos como 6 horas acá arriba y ahora, al estar el vehículo apagado, sin aire, en el medio de la nada, y sin esperanzas a la vista. Otra persona también me comenta que aparentemente más de la mitad de la gente por estos lados se cuelga de los cables y, por esa razón, los desperfectos son casi diarios. La compañía, claro, no quiere saber nada y simplemente todos quedan a la buena de dios, como nosotros ahora.

Miramos el reloj y ya pasaron como 2 horas, ¿cuánto más? De repente algo pasa, todos corren, el chofer hace lo que puede con su guatita, se sube, y arrancamos como el F1 de Schumacher en la largada de Mónaco. Intuyo que de alguna manera se forzó una brecha en el corte y todos se mandan. Por las dudas, atinamos a cerrar las cortinitas y a taparnos con las camperas. Lo último que nos falta hoy es recibir un piedrazo.

Finalmente llegamos a Cartagena a las 10 de la noche (que aquí parecen como las 3 de la mañana) y después de una fuerte tormenta que inundó toda la ciudad. La terminal está lejos del centro, vacía y no hay buses ni taxis por ningún lado. Aparece uno después de un largo rato, es nuestra única opción. Intentamos regatear pero tuvimos que resignarnos, estamos en desventaja y, francamente, sólo queremos llegar.

El viaje es largo, largo, estamos bien lejos del centro, y tardamos aunque las calles están desiertas. Nuestro chofer para a comprar un chance (billete de lotería) y después también a cargar GNC. ¿Algo más? Sí, claro, ahora el Daewoo Tico no arranca de ninguna manera. ¡Por favor, quiero llegar de una vez! Finalmente, el motor se apiada de mis lamentos y decide encender en precarios tres cilindros. Atravesamos unas calles vacías y tan oscuras que dan miedo, sólo nos tranquilizamos cuando cruzamos la muralla. Ya estamos en el barrio antiguo, ¡no puede faltar mucho!

La primera impresión no es buena pero, qué más da, que se termine el día de una vez. Getsemaní es la parte más relegada del centro y así se nota en los frentes un poco abandonados, las “chicas” que están “trabajando” y “parceros” que salen de jugar y tomarse aguardientes en algún antro de mala muerte. Nuestro taxi nos deja en Casa Viena, el lugar que nos recomendaron pero, adivinen qué, no tienen lugar. Ronald, el sereno, sin embargo, se apiada y empieza a llamar a algunos teléfonos de otros establecimientos. Dicen que sí, que acá a dos cuadras tienen lugar! ¡Sí!

Son como las 11 y media y todavía nos falta comer, pero aún así estamos felices de haber llegado. Hoy tuvimos un día realmente Latinoamericano y eso, eso, no se puede comprar con MasterCard.