Desde que llegamos a Quito, todo el mundo, con excepción de una sola persona (un boletero del Trole), nos ha tratado super bien. Esto no quiere decir que en los otros lugares que visitamos hasta el momento nos hayan tratado mal. Para nada. Pero los quiteños pues, contrario a lo que uno podría pensar de los habitantes de una ciudad grande que por lo general se mueve a un ritmo acelerado, han ido más allá de todas nuestras expectativas y nos han sorprendido gratamente con su amabilidad. Para muestra bien vale un botón (o varios).
No bien llegamos a la ciudad, en la terminal Quitumbes, el despachador de los troles salió de su cabina para indicarnos cuál era el trole que debíamos tomar para llegar a la ciudad.
En el hostel, nos encontramos con Jaime, su dueño, una persona maravillosa y sencilla que nos recibió con los brazos abiertos y puso a nuestra disposición todo lo que tenía.
Después salimos a caminar por La Ronda, para buscar un lugar donde cenar. No hicimos más de 300m y ya habíamos recibido varias cordiales bienvenidas por parte de los quiteños. La gente al darse cuenta que éramos turistas (y argentinos), enseguida entablaba conversación y hasta nos recomendaba lugares para cenar y platos típicos para degustar.
Cuando un colectivero, de buena fe, nos dijo que nos “acercaba” a nuestro destino pero en realidad nos dejaba como a 15 cuadras en una zona “complicada”, una pasajera nos avisó dónde debíamos bajarnos y nos recomendó encarecidamente que tomáramos un taxi. Como además era de noche y en esa zona se había cortado la luz, nos acercamos a la policía que estaba dirigiendo el tránsito para preguntarles cuál bus debíamos tomar desde aquí hasta nuestro hostel. Uno de los oficiales nos indicó el bus pero, como no venía, su compañero se metió entre el tránsito para pararnos un taxi y hasta habló con el chofer para que no se aprovechara de nosotros.
El chofer del bus a Mindo se tomó la molestia de avisarnos que ya había llegado la señora del quiosco y hasta esperó que fuéramos a comprar algo para desayunar antes de partir, sin que se lo pidiéramos.
Ya les contamos que en Mindo, a tan solo 80km de acá, también conocimos gente hermosa. Además de Claudia y Miriam, nos conectamos muy bien con Luis y su familia. Su hijo se pasó toda una tarde de lluvia mostrándonos sus juguetes, jugando con nosotros, contándonos de la escuela, practicando inglés y matemática y comiendo pan con dulce de leche. Después, Luis nos llevó por un atajo para que llegáramos a tiempo a tomar el bus.
¿Qué decirles de nuestro anfitrión y amigo de CouchSurfing Francisco? Fran nos abrió las puertas de su casa, nos llevó a recorrer la ciudad, a comer platos típicos y hasta nos llevó a bailar salsa a una salsoteca! Nos sentimos tan a gusto que fue muy difícil irnos.
En la Mariscal, entramos a un local a comprar agua y la señora entre “¿Uds. de dónde son?” y “No pueden dejar de visitar aquí o allá” terminó regalándonos una fruta típica para que la probáramos (por fuera parece una banana pequeña pero por dentro tiene pulpa como la granada).
Todos nos han tratado tan bien que nos sentimos como en casa o, pensándolo bien, mejor que en casa. Nos costó mucho despedirnos de Quito y de toda la gente hermosa que conocimos.
Saludos a todos desde el camino,
Marie
Quito, Ecuador
6 de mayo de 2010