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jueves, 2 de septiembre de 2010

Se nos va terminando una aventura, empieza otra

PA01-00087Con los papeles ya hechos y con un poquito de tristeza, partimos bien temprano rumbo a la isla de Cartí, centro de toda la población del distrito y última escala de nuestro recorrido marítimo. De lejos, la isla parece bien bien fea, y contrasta con todo el paraíso que la rodea. A pesar de tener muchas islas, da la impresión de que todo el mundo se empeña en vivir en la misma, igualito que en capital, y entonces hay casas de chapas por todos lados, incluso hasta donde comienza el agua.

Por aquí pululan los kunas en sus canoas hechas directamente de troncos. Es un verdadero placer verlos manejar sus a priori frágiles cayuquitos y la velocidad que toman. Aquí es fácil encontrar un velero asediado por 4 o 5 de ellos en un intento por venderles a los visitantes sus tan preciadas artesanías en tela  (las molas) PA01-00062y el fruto de sus largas horas en el mar: las exclusivísimas langostas, a precios irrisorios. Tampoco faltan los kunas más modernos que se acercan a preguntar si alguien tiene o desea mumuti (término kuna para la marihuana). Así sencillos como se los ve, resulta que estos hombrecitos andan un tanto desesperados pues en los últimos días hay una escasez generalizada de la bendita hierba. De nada les sirven los kilos y kilos de cocaína que encuentran flotando en el mar. No hay marihuana por ningún lado. En las caras se les adivina el pensamiento: si tan solo alguna barcaza de las que transporta drogas ilícitamente por estas aguas decidiera desprenderse de un par de ladrillos de maría en lugar del nefasto polvo blanco.

Los días que pasamos en el mar fueron maravillosos pero mi cuerpo ya pide volver a tierra firme. Finalmente, llega el momento de la despedida. A pesar de ser 10 personas de distintos rincones del planeta en tan pequeño barquito (la mayoría mujeres), siento que nos llevamos bien y que los voy a extrañar. Con las chicas de Alaska Maggie y Charity y la israelí Michal nos vamos en una lancha que pasa a buscarnos por el barco y de ahí enfilamos para el continente. La parejita de españoles y la artesana colombiana se quedan a bordo pues van a regresar a la isla Chichimé para disfrutar de unos días más en el paraíso. PA01-00096Rápidamente dejamos el océano y empezamos a remontar un río angosto en medio de la selva, hasta que finalmente llegamos al “embarcadero”, nada más que un punto en la orilla lodosa sin ningún muelle, escalera ni nada de nada. Sin embargo, aquí los kunas ya están más avivados (¿será la proximidad con la ciudad?) e intentan cobrarle al turista desprevenido una tasa en concepto de “uso de puerto”. Así logran convencer a un buen número de viajeros de que se despojen de un dólar cada uno por haber desembarcado allí. Algunos intentan resistirse pues se dan cuenta del timo pero no logran zafarse. Nosotros, sin saber bien porqué, nos salvamos. ¿Serán que nos habrán visto cara de sudacas? Allí también hay un puestito de venta de bebidas frías (menos mal) donde nos enteramos de los últimos resultados del mundial y esperamos bajo un sol abrasador a que vinieran a buscarnos nuestros “jeeps”.

Por fin llega nuestra camioneta: una impecable Toyota Prado último modelo. ¿Acá serán todos los autos así, che? Subimos, tapizado de cuero, apliques en madera de nogal, aire acondicionado que sale por todos lados y con controles individuales para cada pasajero. ¡Me siento el Sha de Persia! El chofer, Junier, buena onda, me dice: ahora voy a poner algo de Argentina. Y ahí están los Cadillacs. ¡A disfrutar del camino!

camel-trophy-87-frontLa selva es espesa y, como tantas otras veces en este viaje, me siento adentro de un documental. Junier me cuenta que antes vio un jaguar cruzando la ruta. La están pavimentando pero aun sí es bien complicada. Hay partes en que las pendientes son empinadísimas, casi imposibles para un automóvil común. Pero la Toyota no da señales de inmutarse. A pocos kilómetros de partir tenemos que cruzar un río, pues todavía no terminaron el puente. Lo que sería este camino antes de que lo arreglen… ¡Digno del Camel Trophy! 

Dos horas más tarde llegamos al pavimento en Chepo y acá se acaba la diversión. Después de 5 días de navegar, es rara la sensación de estar nuevamente en tierra firme, con caminos pavimentados y “civilización” (léase: supermercados, bares, bancos, etc., etc.). Nuestros cuerpos aún no se acostumbran. Si nos quedamos parados, todavía sentimos como si nos estuviéramos meciendo sobre las olas. En una hora y pico más ya estamos en Ciudad de Panamá. La aventura va terminando. Luego de atravesar el moderno distrito financiero con sus rascacielos dignos de Miami y sus locales de Pizza Hut, nuestro chofer nos deja en el poco agraciado y medio derruido Casco Viejo. La primera impresión no es buena. Me siento como si estuviera en Constitución. Pero ya estamos acá así que ¡a ducharse y salir a recorrer la ciudad!PA02_00106

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martes, 24 de agosto de 2010

¡¡Tierra a la vista!!

Muchas veces me imaginé qué habrá sentido la tripulación de las naves de Colón cuando Rodrigo de Triana los despertó a en la madrugada al grito de ¡tierra a la vista! Dicen que tardaron 2 meses y pico en volver a ver algo tan esencial como un poco de tierra firme que no se zarandee con el viento y las olas.

Despunta la clara mañana del 12 de junio y Bruno, nuestro capitán, nos alegra con la noticia al igual que hiciera Triana más de 5 siglos atrás. Después de 40 horas de mar abierto, las indómitas estribaciones del Darién en el oeste nos dan la bienvenida a Centroamérica. ¡Tierra! Sí, ¡tierra! ¡Y un nuevo continente! Me siento un poquito triste porque quiere decir que se acaba la parte más aventurera del viaje pero ándale ¡que vamos a disfrutar de las islas de San Blas!

Afortunadamente la travesía por mar abierto fue muy tranquila. Incluso tuvimos muy poco viento y, salvo unas horas que nos acompañó y fuimos realmente rápido, casi a 7 nudos (14 km/h), el resto fue con ayudita del motor. Nada mal para una primera experiencia en una cascarita de nuez en la mar.

Desayunamos en la bañera del velero y, de a poquito, las montañas del Darién dejan de ser una línea gris y se hacen más grandes y nítidas. A media mañana vemos unos puntos en el horizonte, y hacia ellos vamos. Son los primeros cayos de las islas de San Blas, en donde fondearemos la embarcación. Seguimos acercándonos despacito, y de los puntos empiezan a crecer palmeras, y nos quedamos con la boca abierta, incrédulos ante la belleza que tenemos frente a nuestros ojos.

PA01-00042Antes de poner pie en tierra debemos sortear el último obstáculo en nuestro camino: el arrecife de coral que protege el archipiélago. Nuestro capitán se pone los anteojos polarizados para esquivarlo cuidadosamente y finalmente fondeamos entre 3 islotes de fantasía. Terminada la maniobra y, a pesar de que hay casi 10 metros de profundidad, podemos ver el fondo. A 200 metros del barco tenemos una pequeña isla de no más de 20 metros de radio y toda cubierta de palmeras. Más allá otras dos islitas parecidas, y nuestro barco en el medio de las tres. Nos tiramos al agua tibia y, de a poco, llegamos nadando a la playa virgen de la isla desierta. Nunca había llegado nadando a una isla (menos desierta) y la sensación es increíble. El mar es una pileta y es un placer cómo uno va viendo el fondo bien lejos y de a poquito va subiendo hasta que finalmente se puede hacer pie.

 

PA01bis_00064¡Esto es el paraíso!

Contrario a la creencia popular, el paraíso no está en el cielo sino en la tierra y tiene por nombre San Blas o, en idioma nativo, Kuna Yala. Por si quiere apuntarlas, estas son sus coordenadas: 9° 31' 60 N, 78° 39' 0 O.

¿Acaso nunca soñó con pasar unos días en una isla paradisíaca? Buenas noticias: ahora puede elegir entre más de 300 islas del archipiélago de San Blas. Varían en tamaño, cantidad de población y distancia pero en todas el agua turquesa y tibia, las arenas blancas y las palmeras cocoteras son una constante. Hasta hay muchas islas e islitas completamente desiertas.

La mayoría tienen aguas súper tranquilas pues están protegidas por barreras de coral exteriores que impiden que las corrientes y las olas interrumpan nuestro goce perfecto del paraíso. Puede caminar por la playa juntando caracoles o vadear en las aguas bajas en busca de estrellas de mar. También es un lugar ideal para hacer snorkel y descubrir el maravilloso mundo submarino que existe a tan solo centímetros de la superficie. Asimismo, puede ir nadando de una isla a otra para tratar de decidir cuál es la más bonita (menuda tarea si las hay) o, simplemente, puede descansar en alguna hamaca mientras se refresca bebiendo agua de pipa (agua de coco).

Y si resulta que tiene la mala suerte de que al lado suyo se fondea otro velero y no tiene ganas de hacer sociales, simplemente es cuestión de levantar el ancla y buscar otra isla para Ud. solito.

No conozco las Antillas ni los famosos destinos turísticos del Caribe como Isla Margarita, Punta Cana, Cuba o Bahamas pero, sin lugar a dudas, San Blas no tiene nada que envidiarles. El paisaje es bellísimo y, por suerte, aún conserva su cultura indígena y no está contaminado por los vicios del turismo masivo (no hay McDonalds ni Hiltons).

En eso estamos pellizcándonos para ver si despertamos cuando apoyo mi mano en la arena cerca de la orilla y, de repente, algo me pellizca el dedo para bajarme a la realidad. Para ser exactos, se trata más bien de un pinchazo e inmediatamente empieza a salirme sangre. ¡Uf qué será! El dedo se me pone un poquito negro y empiezo a recordar todos los programas del Discovery Channel que muestran los bichos más venenosos del mundo. ¡Y yo acá, tan lejos de la civilización! Por suerte, la cosa no pasa a mayores y no tenemos que recurrir a ninguna avioneta de última hora o rituales kunas para sanarlo.

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Para culminar el día, vamos hasta el arrecife con el snorkel y el arpón que nos presta Bruno. Nuestra intención es cazar langostas para la cena pero, evidentemente, no somos muy habilidosos con estos aparatos submarinos y volvemos con las manos vacías aunque maravillados por todos los bichos raros que se nos cruzan en el camino. ¡La langosta quedará para la próxima! Por ahora, nos contentamos con el ceviche de albacora (Thunnus Alalunga) que pescó Bruno.

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miércoles, 18 de agosto de 2010

Se busca capitán

Cruzar de Colombia a Panamá puede ser toda una aventura. Al no haber opción terrestre alguna, solo resta decidir si hacerlo en forma aérea o marítima.

La primera opción ofrece la comodidad de estar en el destino en menos de una hora (3hs. como máximo si tenemos en cuenta los tiempos de check-in y retiro de equipaje). Contras: el horario del vuelo (sale y llega de noche), el precio del pasaje, el costo del traslado desde y hacia el aeropuerto, y el hecho de que resulta imposible convencer a las aerolíneas de venderte un solo tramo (ida) pues aparentemente las autoridades panameñas exigen que uno tenga un pasaje de salida del país y, en caso de que le negaran la entrada a Panamá, la aerolínea debería correr con el cargo de llevarte de vuelta al país de origen.

PA01-00001 La segunda opción es un poco más cara que la primera (si las comparamos nominalmente) pero mucho más romántica. Requiere de coraje y tiempo pues implica navegar 5 o 6 días en velero, a saber, 2 días en alta mar y 3 o 4 días recorriendo las Islas de San Blas. Aventureros y románticos como somos, obviamente nos decidimos por esta opción. Así nos abocamos a la tarea de encontrar un barco y un capitán de buena reputación que nos llevara a destino sanos y salvos.

La tarea resultó mucho más complicada de lo que esperábamos. Como se trata de una actividad “informal”, no hay un lugar oficial dónde averiguar ni un sitio web que centralice la información de los barcos, sus capitanes y sus fechas de viajes. Recabar toda la data es arduo. Hay que ir a preguntando con cuidado a los hostels, mirar atentamente las carteleras y después hacer una exhaustiva búsqueda en la Web. Una vez que identificamos los veleros con partidas “programadas” para esa semana, nos sumergimos en la Web a bucear por referencias y experiencias de otros viajeros a fin de determinar si se trataba de un capitán confiable. No querríamos terminar presos porque al capi se le ocurrió llevar un par de kilitos de coca o a la deriva porque al capi le gusta tomar un poco demasiado ron y se termina cayendo por la borda (son ejemplos reales). Una vez que descartamos los que nos parecían poco serios, nos dirigimos al club náutico (ha de ser el club náutico menos glamoroso de todo el mundo) para ver los barcos in situ y conocer personalmente a sus respectivos capitanes.

PA01bis_00023 Así es como dimos con Bruno e Ingrid, una pareja de canarios que están recorriendo el mundo en velero y hace un año que se dedican a cruzar gente entre Colombia y Panamá. El velero de 40 pies, el Güinfly, no es lujoso ni nada parecido. Es bien sencillo y algo más pequeño de lo que hubiéramos querido (especialmente si tenemos en cuenta que en total seríamos 10 personas a bordo). La ventaja es que la superficie de la cubierta es antideslizante y está libres de obstáculos (léase molinetes, cornamusas, etc.) que pudieran hacerlo a uno tropezar y caer al agua. A pesar de su look bohemio (más apropiado para el percusionista de Manu Chao que para un hombre de mar), Bruno nos pareció muy responsable y, después de analizar otras opciones para ver si podíamos zarpar antes, decidimos ir con él (lo que implicaba pasar unos días más de lo previsto en la agobiante Cartagena).

Por fin teníamos capitán y fecha de zarpe: salíamos el 10 de junio aunque nos perdiéramos el primer partido de la selección. Mientras aguardábamos la partida, nos preguntamos: ¿Cómo será estar rodeados de agua y no ver tierra por dos días? ¿Se moverá mucho el velero? ¿Nos marearemos? ¿Qué pasa si nos agarra una tormenta en alta mar?

No importa. ¡Panamá allá vamos! Capitán, ponga rumbo sudoeste por favor!!!

Saludos a todos desde el camino,

Marie
Cartagena, Colombia 
10 de junio de 2010