lunes, 9 de agosto de 2010

La plaga de la playa

A diferencia de lo que sucede en muchísimos lugares, aquí, en Playa Blanca, la mayoría de los vendedores ambulantes son realmente detestables y llega un punto en el que uno desearía tener una pizarra diciendo “No se acerque a menos de 2 metros” o mejor aún, un Rottweiler o un ovejero como el que lo mordió a Navarro Montoya en el estadio Nacional de Chile (¿se acuerdan?). Casi la totalidad de estos sujetos no entiende ni uno, ni dos, ni tres no. Es más, no entiende absolutamente un no por respuesta.

Son hordas que se acercan a ofrecer sus chucherías a pesar de que uno no los llama ni tiene la menor intención de ver qué ofrecen. Luego te refriegan lo que venden a menos de 30 centímetros de la cara y, encima, si uno les dice con amabilidad y una sonrisa “Muchas gracias, pero no quiero”, le insisten otras 3 o hasta 4 veces más. Finalmente, luego de semejante intimidación y cuando comprenden que uno no quiere absolutamente nada más que que lo dejen tranquilo, se alejan simulando enojo y desazón y hasta alguna palabra mascullada para infligir culpa en los pobres transeúntes. Multipliquen este acoso a 5 o 6 cada media hora y la cosa se vuelve insoportable. Ni siquiera el agua es terreno seguro para zafar de los acosadores, aquí también los hay: el que viene con su moto de agua, el que te ofrece el snorkel y la mujer que te vende el juguito de coco.

Les relato una de las interacciones con uno de los coloridos personajes que vendía mejillones. El teatro es más o menos así:

- Hola amigo, ¿cómo le va? Tengo mejillones para usted.

- Gracias, pero no, no quiero.

- Pero mire, están buenos, recién sacados del mar.

- Gracias, pero no, ya le dije que no quiero.

- Pero pruebe uno, va a ver que le gusta.

- Gracias, no tenemos dinero como para comprar mejillones, no me interesa.

- Ah, usted es argentino, como Messi. Bueno, yo le convido uno, se lo regalo entonces.

- Gracias de nuevo, pero le dije que no quiero mejillones.

- Por favor, no me lo desprecie, tómelo como un regalo de un amigo.

- Uff. Bueh… démelo nomás, pero mire que me lo está regalando.

 

No va que el hombre sostiene cinco minutos más una charla que simula ser amable y me dice:

- Bueno, le di dos así que son $4000 (2 dólares).

-¿¿¿¿¿Cómo????? Si le dije mil veces que no quería y que no tenía dinero. Usted me dijo que no se lo despreciara y que me los regalaba para probar…

- Sí, bueno, pero usted los comió, así que son $4000.

- Mire, no le voy a pagar nada, usted me está tomando por boludo (acá la cosa empezó a subir de tono).

- ¿Cómo que no me va a pagar? Bueno, le cobro $2000. (Haciéndose el enojado).

- Ya le dije que no, no le pago nada y, si no le gusta, traiga a un policía.

- Bueno, pero deme $1000 entonces…

La charla termina abruptamente, el hombre se va enojado a seguir vendiendo por la playa. No va que 2 horas después sorpresivamente vuelve, se para a nuestro lado y dice con tono intimidatorio:

- Hola, vengo a cobrar la deuda.

- ¿Qué? Ya tuvimos esta conversación… Ya le dije que me está queriendo tomar por pelotudo. No tiene nada que hacer aquí.

- Pero me tiene que dar plata.

- Yo no le doy nada, y ¡váyase!

Finalmente, después de mucho pensarlo, se retiró mascullando uno y mil improperios hacia la argentinidad, las provincias unidas del sur y no sé cuántas otras cosas más. De más está decir que en lo subsiguiente y como medida preventiva, ningún vendedor pudo acercarse a más de 2 metros sin recibir un ladrido de mi parte. Algunos lo entendieron, otros tuvieron que recibir varios. Después de observar un rato, llegamos a la conclusión de que buena parte de la gente termina comprando aunque sea algo (especialmente comestibles) para no sentirse intimidada, extorsionada o simplemente por miedo.

En la zona de la playa en donde llega la lancha que trae a la gente del ferry, las situaciones lindan lo grotesco. Gente que literalmente no la dejan caminar, ofertas de hasta 3 y 4 vendedores al mismo tiempo, gente que ofrece venta al crédito (no me imagino cómo pudiera ser esto) y miles de cosas más. Como dicen aquí, son bien “intensos”. En fin, una manera más de rebuscársela por estos lares.

jueves, 5 de agosto de 2010

Llegando a Playa Blanca

CO12_00821 Parece que los encantos de la romántica Cartagena de Indias no se encuentran sólo en la ciudad, la cual de por sí amerita a pasar aquí unos cuantos días, sino también en unas hermosas playas sobre el Mar Caribe. Charlando con Jairo, nuestro amigo del Marlin, decidimos emprender la aventura hacia la playa más famosa y bonita de aquí, según dicen, Playa Blanca. Lejos estábamos de imaginarnos que llegar allí sería una travesía con todas las de la ley.

Esta playa fue durante mucho tiempo un lugar de bajo perfil a unos 40km de aquí, hasta que la cadena de hoteles Decameron decidió montar un complejo exclusivo en una de las bahías. No obstante, el resto sigue siendo un lugar adorable y todavía un poco desconocido.

CO12_00815 Resulta que existen básicamente dos formas de acceder a la bonita playa. La más fácil es en ferry desde Cartagena, que sale diariamente por la mañana y luego lo pasa a recoger a uno por la tarde. La difícil (también más aventurera) es tomarse un bus local, llegar hasta cierto lugar en donde se acaba el continente, esperar la balsa, cruzar a la isla, y luego de alguna manera hacer 10 km de caminos de tierra hasta allí. ¿Adivinen cuál elegimos? La segunda, por supuesto. Después de todo, nos aseguraron que no era tan complicado. Y además, pasaríamos la noche en una hamaca en la playa.

Salimos temprano por la mañana para que el calor no nos achicharre y caminamos hacia la parada que sólo encontramos después de preguntar unas cinco veces. Tenemos que tomarnos el bus que dice “Pasacaballos” pero todos circulan tan rápido que leer los carteles a la pasada es toda una odisea. Después de parar unos cuantos que no iban a nuestro destino, aparece el bus que debíamos tomar. Todo destartalado pero, por suerte, casi vacío. El viaje es literalmente un city tour que nos recuerda que Cartagena no es sólo la bellísima parte céntrica que todo turista convencional conoce, sino también un mar de suburbios de reputaciones mixtas. Como es de rigor, paramos a juntar pasajeros en un mercadillo callejero en el que el olor a pescado es bien característico y ya sí, con los asientos ocupados y el chofer más contento, vamos a Pasacaballos. En medio del camino tenemos el agrado de escuchar las ofertas de uno de los vendedores ambulantes más singulares con el que nos hemos topado. Vende un polvo mágico que elimina parásitos y otros “bichos” del intestino, además de mejorar el funcionamiento de los riñones (sic) por la módica suma de 4000 pesos (alrededor de 2 dólares). Aunque no lo crean el señor concreta varias ventas entre el pasaje.

CO12_00817 Nos vamos internando ahora por una carretera regional entre refinerías y terminales portuarias. Huelga decir que el comercio internacional aquí es la otra principal fuente de ingresos (la primera es el turismo). Finalmente, después de un largo y caliente viaje, llegamos al olvidado caserío de Pasacaballos. El bus nos deja en una esquina de la plaza y realmente no sabemos para dónde rumbear. Las calles son medio de tierra, medio de escombros y la gente no resulta de mucha ayuda. Un par de conductores de motos tratan de convencernos de llevarnos hasta la balsa por precios ridículamente altos, pero los rechazamos muy gentilmente. Sabemos que la balsa no se encuentra a más de unas pocas cuadras. Vamos caminando, tratando de no llamar mucho la atención aunque, creo, sin el más mínimo éxito; podemos sentir las miradas posarse sobre nuestras espaldas. Al llegar, encontramos unas maestras que están aguardando la balsa, la cual sólo volverá cuando algún vehículo la requiera. Me pongo de mal humor, la espera se hace larga, hace calor y mi radar está en alerta naranja constante. Maldigo el momento que decidimos venir por esta vía, cuánto más fácil hubiera sido tomar el ferry. Pero no, aún así no quiero ser un turista convencional al que lo llevan de aquí para allá.

El dichoso vehículo que estábamos esperando llega y nos subimos todos a la balsa para el cortísimo trayecto. Nadie viene a cobrarnos. Del otro lado, sólo hay barro, mucho barro y unas cuantas casuchas. Allí, resulta que la única forma disponible para realizar el trayecto que nos falta son unos señores que cubren el tramo en moto. ¿En moto? ¿Y yo dónde me siento? Atrás del conductor. ¿Y mi casco? En el mejor de los casos, solo hay uno y lo usa el motoquero. Pero somos dos. ¿Podemos subir los dos en una moto? Nooo, tienen que ir separados, cada uno en una motito… Viajando por Sudamérica experimentamos de primera mano los más variados medios de transporte: buses cómodos, intermedios, decididamente malos, con gallinas, sin techo, camionetas destartaladas, motociclos, pero ¿viajar en moto? Viendo que no tenemos mucha alternativa y ya hace bastante que iniciamos la travesía, intentamos regatear el precio un poco agresivamente. Nos quieren cobrar más con la excusa de que el camino está malo, hay barro y poco menos que también hay luna llena a la noche. El precio inicial para el trayecto es 12.000 (6 dólares) cada uno y después de una larga negociación baja sólo a 5.

La verdad, la situación no nos inspira ninguna confianza, pero bueno, que dios nos ampare… La gente de aquí también se mueve así. Salimos y la huella es un lodazal con todas las de la ley. La moto va patinando y trato de agarrarme de donde puedo y ruego que el hombre vaya lo más lento posible. El viaje es una tortura, pasando por charcos y ya con las manos ateridas de hacer fuerza. Para colmo de males, en una curva pasa de frente una camioneta a una velocidad no prudente y nos salpica de barro de pies a cabeza. Mientras tanto y en medio del viaje el conductor intenta volver a subir el precio que ya habíamos arreglado, a lo que por supuesto me hago el completo desentendido, sólo espero llegar, y rápido. Pero no, es mucho, muchísimo más lejos que lo que nos dijeron en todos lados. Y para colmo, mi moto se queda sin nafta a la mitad. Por suerte, estamos en un caserío y enseguida alguien le alcanza una botella de gaseosa con la bendita gasolina dentro. Entre tanto, no puedo saber qué ocurre con la otra moto, que iba más adelante. Al final, el viaje demora 1 hora exacta, son casi 23 kilómetros y, contra todo pronóstico, llegamos sanos y salvos. Ahí vuelven a intentar convencernos por todos los medios habidos y por haber de cobrarnos más, pero ¡minga! Ya me tienen re podrido con esta cuestión.

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La playa es bonita aunque, personalmente, las de Tayrona son muchísimo mejores, digamos distintas, prístinas. Playa Blanca está en una bahía abierta, aunque resguardada por un arrecife, con arena bien blanca (obvio, ¿no?), y muchos puestitos por todos lados. De acuerdo al plan, nos quedamos a pasar la noche en unas hamacas. Esto nos permite tener toda la playa para nosotros tanto al atardecer como al amanecer que es cuando realmente se disfruta, cuando no hay turistas y, por ende, tampoco vendedores (ya les contaré en el post siguiente…). Cerca de la Playa misma hay unas rocas con corales por lo que el snorkel es bien interesante, se ven peces como los de las peceras, de todos colores y además tiene la ventaja asociada que es más difícil que a uno lo distingan los vendedores, salvo el que viene con la moto de agua hasta donde estás para ofrecerte un cuartito de hora.

Al día siguiente y decidiendo no repetir la travesía del día anterior, nos tomamos el ferry para volver. Es grande y tosco como un cachalote, pero cómodo y relativamente rápido, aunque también pienso que si lo hubiéramos tomado a la ida ahora no tendríamos nada que contar. Alguien se acerca y me pregunta algo. ¡Usted es argentino! le digo. Sí, de Castelar… Hace tanto que no escuchaba ese acento que hasta se me antoja extremadamente pegajoso y cantado, pero suena tan lindo y familiar…

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miércoles, 4 de agosto de 2010

Una de piratas

CO12-00645 Si de chicos les gustaban las historias de piratas y corsarios, entonces Cartagena de Indias es la ciudad ideal para pasar unos días caminando entre sus angostas callecitas y disfrutando de las coloridas fachadas. Sinceramente, ayer y tras el largo periplo desde Santa Marta, llegando aquí bien entrada la noche, no nos llevamos una buena impresión. Pero a veces las primeras impresiones engañan y vamos a constatarlo.

Como decía en el post de ayer, Cartagena fue uno de los puertos principales por los que salía el oro y la plata que los conquistadores españoles obtenían del Perú y lo que hoy es Bolivia. Aquí se almacenaban hasta que llegaba la hora de cargarlos en goletas que partían rumbo a Portobello en Panamá, después a Cuba y finalmente a España. Así, desde entrado el siglo XVI, los piratas se afanaban por tomar la ciudad por sorpresa y hacerse con todas las riquezas que atesoraba. Literalmente, era “el sueño del pibe” de todo bandido que se precie. Por eso, y tras varios ataques que dejaron la ciudad incendiada y destruida, el mayor de ellos a cargo de Sir Francis Drake, la corona fue fortificando y construyendo murallas que la rodearan por completo y que hoy le dan ese aire tan especial (actualmente, la zona amurallada constituye solo una pequeña parte de la ciudad conocida como casco antiguo). Vamos caminando por las callejuelas y aquí hace calor, mucho calor, todos los días, todo el día arriba de 35°.

CO12-00723 También la atmósfera tiene algo de especial, de colorido, de ritmo africano. Cartagena fue un centro fenomenal de importación de esclavos negros para trabajar en las minas, las plantaciones y en cualquier otra actividad que los españoles no quisieran realizar. En la plaza de la aduana se vendían al mejor postor y, de ahí, solo les esperaba una vida de trabajos forzados. Como todo el Caribe, la ciudad  tiene una gran población de origen africano que le dan un toque especial muy pero muy distinto al resto de Colombia.

El Castillo de San Felipe, apenas por fuera de la muralla, es una delicia para recorrer. Enclavado en una loma y oteando todo el horizonte por sobre la ciudad, aquí funcionaba el centro de comando de toda la defensa. Las paredes son gruesas, de piedra maciza, y por debajo está lleno de pasadizos que conducen quién sabe hacia donde. Incluso en uno comenzamos a bajar y nunca encontramos la salida, teniendo que volver sobre nuestros pasos. Desde aquí se podía cañonear hacia toda la ciudad, incluso a otras fortificaciones en caso de que fueran tomadas por los enemigos. Como medida extrema, las bases del fuerte estaban rodeadas de hondonadas que se podían llenar de pólvora si era necesario volar el fuerte. Al menos, aquí adentro no llega el sol y hace un poquito menos de calor!!

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La inquisición también estuvo por estas latitudes y hubo caza de brujas. Al igual que en Perú, las historias son tétricas y da la impresión de que podían terminar torturando a quien quisieran básicamente por cualquier cosa. Incluso tenían una balanza para pesar brujas y, si resultaba que la relación entre la altura y el peso era baja, entonces era cantado: la mujer era una bruja y podía volar gracias a que era lo suficientemente liviana (sic). Y de ahí a la hoguera sin escalas. Menos mal que Marie no vivió en aquella época sino hubiera terminado un tanto chamuscada.

CO12-00657 Parte de la llamativa belleza de la ciudad está dada también por la disparidad extrema en el estilo de vida de sus habitantes. El centro amurallado está compuesto por tres barrios: Centro, San Diego y Getsemaní. Los primeros dos están completamente llenos de restaurantes y lugares chic, mientras que Getsemaní, el barrio histórico de los esclavos negros, se parece más bien a Constitución luego de medianoche. A sólo un kilómetro y siguiendo la Avenida San Martín, la zona del Laguito con sus torres exclusivas y sus Hilton, Sheraton, y, por supuesto, Aviatur asemeja a una Miami en miniatura. Es que Cartagena, como todo Latinoamérica, es un lugar de contrastes, a veces excesivos. Me pregunto cuántas de estas torres están hechas con dinero del narcotráfico.

Sea como fuere, Cartagena es una delicia para recorrer, y lo mejor es perderse entre sus callecitas, sin guía ni mapas ni nada, disfrutar de un sereno atardecer sobre el mar Caribe desde arriba de la muralla y luego deleitarse con los carruajes en la Plaza de la Aduana. Todo esto, claro, en una atmósfera agobiante de calor y humedad pero… ¿a alguien le importa?

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martes, 3 de agosto de 2010

Magia Latinoamericana, convirtiendo 250 km en 7 horas de viaje

Aquí en Latinoamérica, viajar tiene algo de especial, algo de aventura. Aquí no tiene sentido preguntar con demasiado énfasis cuántos kilómetros hay de trayecto, cuánto demora el bus, si es directo, si para. Esas son nimiedades y detalles para que los cobardes puedan hacer planes. Aquí, todo puede pasar, así que a arrellanarse en su asiento (si no es lo suficientemente duro) y a disfrutar de la aventura, como si fuera una de James Bond.

Una vez más, nos preparábamos para abordar un colectivo, rumbo a nuestra última parada en este continente, la romántica y amurallada ciudad de Cartagena de Indias, sueño y desvelo de piratas desde tiempos inmemoriales. Dicen que por allí se sacaba todo el oro del Perú rumbo a España, así que no eran pocos los que querían hacerse con su botín.

Nos subimos al mediodía, el termómetro marca 40, pero estamos felices, ¡el bus tiene aire acondicionado! ¡Qué lujo! De todas formas, ¿qué son 4 horitas?, pensamos ingenuamente. Como siempre, preguntamos: ¿es directo? Sí, sí, sólo para en Barranquilla. Creo que hasta que salimos de Santa Marta, paramos como 7 veces, a veces ¡hasta 3 veces en la misma cuadra! o en la puerta de salida misma de la terminal. ¡Aquí nadie quiere ni caminar hasta la terminal parece!

No importa, vamos disfrutando del camino y viendo la vida a través del cristal. Llegando a Barranquilla la cosa se vuelve bien industrial. Hay un puerto enorme, refinerías, y el ancho cauce del río Magdalena. De a poco, entramos y descubrimos el caos que es la ciudad. Gente por todos lados, como si fuera un hormiguero, y mucha, pero mucha, sin hacer absolutamente nada más que ver los buses pasar sentados en un banquito bajo una sombra. Mañana juega el Junior la final de la liga y alrededor del estadio se venden banderitas como pan caliente. Mientras, un hombre intenta convencer al chofer de subir su carga al bus. ¿Qué lleva? Como 8 altavoces de los que van dentro de los parlantes. De alguna manera se las arreglan y seguimos todos hacia el sudoeste.

Ya nos estamos deleitando con las escénicas callecitas de Cartagena cuando el bus súbitamente se detiene en medio de la carretera. Qué raro, algún accidente, qué otra cosa puede pasar. Sin embargo, después de un rato, la cosa no avanza ni un centímetro y ya ni nos animamos a preguntar. Hay gente que viene y que va, parece algún tipo de protesta y, seguramente por algo estarán ahí. Alguien me explica que en el barrio se fue la luz hace 2 días y nadie viene a devolverla. Esta vez bajo del bus a investigar de primera mano, pero no me hago muchas expectativas luego de lo que sucedió en Ecuador; ahora sólo miro los hechos desde afuera. Hay una señora gorda que se agarra a los gritos con un policía, que no hace más que reírse. La escena es muy bizarra y, por si fuera poco, empieza a llover. Prefiero dejar la acción y esperar dentro del bus esta vez. Mágicamente, después de poco más de una hora, aparece una camioneta de la empresa de electricidad y todo parece reactivarse. ¡Qué milagro! ¡Qué celeridad! Ahora sí, dele chofer, que faltan menos de 80 kilómetros.

Lejos estaríamos de saber, que lo acontecido sería sólo un tentempié, un abrebocas, un pasabocas, un snack o como quieran llamarlo. Ya entrando a la ciudad misma de Cartagena, y cruzando un barrio de dudosa reputación y nombre aún más amenazante, ahora sí, hay como 100 personas con palos y piedras en medio de la vía. Parece que acá también pasa algo parecido. Bueh, habrá que esperar. ¿Hasta cuándo? No sé, yo de acá no me bajo. Parece que viene para largo, la noche ya cae, se larga un diluvio y la cosa está fea. Por el costado del bus pasan sujetos ene ene montados en scooters que miran hacia adentro de los vehículos con sonrisas socarronas y juraría que investigando y relojeando las bodegas. La espera se vuelve insoportable, ya llevamos como 6 horas acá arriba y ahora, al estar el vehículo apagado, sin aire, en el medio de la nada, y sin esperanzas a la vista. Otra persona también me comenta que aparentemente más de la mitad de la gente por estos lados se cuelga de los cables y, por esa razón, los desperfectos son casi diarios. La compañía, claro, no quiere saber nada y simplemente todos quedan a la buena de dios, como nosotros ahora.

Miramos el reloj y ya pasaron como 2 horas, ¿cuánto más? De repente algo pasa, todos corren, el chofer hace lo que puede con su guatita, se sube, y arrancamos como el F1 de Schumacher en la largada de Mónaco. Intuyo que de alguna manera se forzó una brecha en el corte y todos se mandan. Por las dudas, atinamos a cerrar las cortinitas y a taparnos con las camperas. Lo último que nos falta hoy es recibir un piedrazo.

Finalmente llegamos a Cartagena a las 10 de la noche (que aquí parecen como las 3 de la mañana) y después de una fuerte tormenta que inundó toda la ciudad. La terminal está lejos del centro, vacía y no hay buses ni taxis por ningún lado. Aparece uno después de un largo rato, es nuestra única opción. Intentamos regatear pero tuvimos que resignarnos, estamos en desventaja y, francamente, sólo queremos llegar.

El viaje es largo, largo, estamos bien lejos del centro, y tardamos aunque las calles están desiertas. Nuestro chofer para a comprar un chance (billete de lotería) y después también a cargar GNC. ¿Algo más? Sí, claro, ahora el Daewoo Tico no arranca de ninguna manera. ¡Por favor, quiero llegar de una vez! Finalmente, el motor se apiada de mis lamentos y decide encender en precarios tres cilindros. Atravesamos unas calles vacías y tan oscuras que dan miedo, sólo nos tranquilizamos cuando cruzamos la muralla. Ya estamos en el barrio antiguo, ¡no puede faltar mucho!

La primera impresión no es buena pero, qué más da, que se termine el día de una vez. Getsemaní es la parte más relegada del centro y así se nota en los frentes un poco abandonados, las “chicas” que están “trabajando” y “parceros” que salen de jugar y tomarse aguardientes en algún antro de mala muerte. Nuestro taxi nos deja en Casa Viena, el lugar que nos recomendaron pero, adivinen qué, no tienen lugar. Ronald, el sereno, sin embargo, se apiada y empieza a llamar a algunos teléfonos de otros establecimientos. Dicen que sí, que acá a dos cuadras tienen lugar! ¡Sí!

Son como las 11 y media y todavía nos falta comer, pero aún así estamos felices de haber llegado. Hoy tuvimos un día realmente Latinoamericano y eso, eso, no se puede comprar con MasterCard.

lunes, 2 de agosto de 2010

Parque Nacional Tayrona – El paraíso… privatizado

Recuerdo que una de las materias que realmente me gustaba en el secundario era geografía. A menudo pasaba horas y horas observando mapas e intentando imaginar cómo sería el terreno en la realidad, cómo se relacionaría la gente con el suelo en el que vive, si haría frío, calor, cómo serían las casas, de qué se viviría y un sinfín de factores que condicionan la vida cotidiana. Hoy, muchas veces sigo haciendo lo mismo, aunque ahora usando el santo grial de Google Earth. ¡Qué lindo hacer zoom cuando se ven los autos!

De alguna de esas clases cuyo tema es interesante, pero por alguna extraña razón se encaran de una manera aburridísima, recuerdo que tratamos la “Cordillera de los Andes”. A mí me parecía fascinante imaginarme cómo esa pared de montañas va separando el subcontinente sudamericano en dos partes y moldeando no sólo terrenos sino también actitudes y estados de ánimo, sino pregúntenle a los bolivianos. Sin embargo, creo que la mayoría se aburría y contaba cuánto tiempo más faltaba para el recreo.

CO11-00633 Hoy, poco más de 10 años después de esa aburrida aproximación teórica puedo decir que conozco, al menos a grandes rasgos, desde las primeras estribaciones en Tierra del Fuego hasta casi donde termina, en el mar Caribe, ¡qué privilegio! Y hoy vamos a conocer dónde termina la cordillera más larga del mundo, ¿o quizá empieza? La Sierra Nevada de Santa Marta es una de las zonas más interesantes del planeta, porque en menos de 40km se pasa del nivel del mar a casi 6000 metros de altura y el punto en el cual se sumerge en el Caribe es el bellísimo Parque Nacional Tayrona. Si uno sobrevolara en avioneta la zona, vería como las últimas estribaciones andinas se asemejan a una mano que se hunde en el mar celeste inventando entre sus dedos amplias bahías, algunas bien accesibles, otras escondidas y todas con profusa vegetación.

Bajo el calcinante sol de Santa Marta, nos tomamos una minivan muy mini y recorrimos los 50 km que nos faltaban hasta llegar al desvío del parque. Aquí, oh sorpresa, había una caseta impecable, la cual cobraba la no módica suma de casi 17 dólares por persona para visitar al parque. ¡¡Qué buen negocio!! Nada nos desalienta, entregamos los billetitos con una marcada sensación de que nos estaban estafando un poquito y cruzamos la barrera. Y ahora, ¡a caminar! De aquí es 1 hora hasta el parqueadero, luego 40 minutos más hasta donde se sale a la playa, y de aquí otra hora y media hasta donde pensábamos pasar algunas noches, Cabo San Juan del Guía.

CO11-00571 Durante la primera parte del camino, si bien caminamos bajo el dosel de la selva, el calor y la humedad se impregnan en nuestros poros, la sensación es agobiante. Pero la recompensa es grande, la primera playa es increíble, nunca vi una playa tan bonita. Por si fuera poco, las siguientes serían aún más bonitas, con vegetación, mucha sombra, mar transparente, rocas y animales. ¡No falta nada! ¡Esto sí es el Caribe! El camino sí es tortuoso, está construido de una manera pésima, extremadamente mal mantenido y lleno de cárcovas, producto de utilizar los cauces de arroyos para ahorrarse esfuerzo. A pesar de que tampoco hay tanta gente transitándolo, el pésimo camino y el uso de la senda por caballos es la combinación perfecta para que el impacto en el parque sea el mayor posible.

CO11-00600Después de patear bastante, llegamos a nuestro destino final, y ahí hay otra casetita. A ver qué nos encontramos… La forma más económica de pasar la noche es en hamacas, cuestan 10 dólares (escrito en marcador en una pizarrita), a tan sólo 10 centímetros de su vecino y sin ninguna comodidad aparente, salvo unos baños en estado deplorable. Ah, también hay unos ecolodges sarasa que cuestan como 250 dólares la noche. Si ya tiene su carpa, también cuesta 10 dólares (por persona) sólo armarla. Ah, y por si fuera poco, para añadir a la escena hay un par de militares que “preservando la seguridad del visitante” se aseguran de inspeccionar bien todos los equipajes, especialmente chequeando que nadie ingrese ningún licor, no sea cosa que no lo compre en el puestito del parque. Hasta me pareció que me querían incautar el agua mineral que llevaba. Estos muchachos también se encargaban de cuidar a los visitantes, no dejándolos pasar la noche en ninguna otra parte que no fuera en el predio designado. Claro, tiene sentido, ¡para preservar el parque pienso! Jajaj (Qué excentricidad eso de los sitios de acampe agreste o libre, no?…) Eso sí, guardaparques de verdad, realmente no vimos ni uno en los cuatro días que estuvimos, y el parque realmente está hecho pelota.

A regañadientes seguimos entregando billetitos y ocupamos nuestras preciosas hamacas. Desde este punto, las distintas playas que se pueden recorrer caminando son increíbles y para todos los gustos. Con palmeras, con sombra, sin sombra, con piedras, con arenas finas, turbulentas y abiertas, tranquilas como una piscina. Creo que una foto vale más que mil palabras. El lugar es realmente hermoso.

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Investigando un poco, llegamos a la conclusión de que los gobiernos colombianos parece que tienen problemas más acuciantes que ocuparse de un irrelevante parque nacional. Con otras prioridades en la mesa, alguien llegó a la sana conclusión que lo mejor es preocuparse lo menos posible y concesionar, no sólo un parque, sino los 4 parques más importantes del país completos a un sólo holding de turismo francés (Aviatur), que tiene el derecho absoluto de manejarlos como le plazca (sí, claro, cumpliendo todas las normas establecidas, por supuesto), o sea montar un monopolio turístico con ellos. Una ulterior visita a una oficina correctamente climatizada y con mullida alfombra en la parte más chic de Cartagena confirmó que se venden paquetes all-inclusive utilizando la infraestructura de los parques con bonitos folletos lustrosos. Ah, eso sí, en la empresa concesionaria no supieron explicarme ni siquiera qué se protege en el parque, sólo sabían lo que decía el folleto y que podía pagar con Visa, Amex y Mastercard.

Obviamente, como en el caso de Tayrona, a casi nadie parece realmente importarle la preservación del parque para el goce y disfrute de las generaciones venideras, los senderos están mal trazados, no parece haber estudios en curso (no vimos ni una sola cinta marcadora de árboles), no hay centro de visitantes, no vimos un solo guardaparque, no se brinda información acerca de las especies que se preserva, ni siquiera se entrega un folleto con al menos el mapa de los senderos o una lista de precauciones para no dañar el ambiente. Lo siento muchísimo por el pueblo colombiano, un lugar tan excepcionalmente único no merece ser administrado como un negocio de unos pocos hipotecando el futuro de muchos, sus reales dueños.

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